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La niña que salvó a sus hermanas

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Dos guerreras con muchos sueños que lograr

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Keiler y Alejandro quieren ir a la escuela

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El anhelo de un nuevo hogar

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El niño que quiere ser chef

La niña que salvó a sus hermanas

Tuvo la capacidad de responder con acierto para salvar a sus tres hermanas en la tragedia del volcán de Fuego. Ahora sueña con seguir estudiando para ser enfermera.

Ana Lucía González / [email protected]

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Haydeé Godínez tiene 13 años, pero por su figura menuda y baja estatura parece más pequeña. La mirada triste y perdida la acompaña desde la tragedia del volcán de Fuego, en donde perdió a su hermana Idalba de 11 años.

Suele pasar las mañanas partiendo fruta y despachando en las afueras de una tienda en los Albergues Temporales Unifamiliares (ATUS) de la finca La Industria, en Escuintla. Es la mayor de una familia de seis hijos, quienes se trasladaron en septiembre, junto con la mayoría de los residentes de San Miguel Los Lotes.

Ahora trabaja para ayudar a su mamá con el gasto de la casa. En medio de sus ocupaciones, se detiene un momento y tan solo de recordar a su hermana y compañera de juegos, la invade la tristeza y corren las lágrimas. “Si estuviera aquí, ay Dios”, dice.

Conocimos a Haydeé en el albergue de la escuela José Martí en Escuintla. El día de la tragedia, cuenta que se encargó de escapar de su casa a toda prisa junto a tres hermanas, dos de 7 y 6 años y una de 8 meses. Corrió con ellas hasta encontrar un lugar seguro. Pero Idalba no hizo caso y regresó para salvar al abuelo.

Desde entonces su vida dio un giro total. Los primeros meses en el albergue convivió en un aula, junto con otras 14 familias, unas 56 personas. El espacio para los Godínez eran dos colchones. Ahora sus días en los ATUS transcurren con más espacio, más calor, cuidando hermanitas y en medio de una convivencia complicada, pues en la finca habitan más de 300 familias en casas de madera de 18 m2 con techo de lámina.

Para las fiestas navideñas, imagina pedalear en una bicicleta nueva y reponer su celular. También le hace falta el uniforme para los miembros del coro de la iglesia. Como cualquier niña, le gusta la ropa, los zapatos y perfumes. El año entrante pasa a 4to. Primaria. Todavía no domina la lectura ni la escritura.

Cuando se le pregunta sobre sus aspiraciones, no tiene mayor idea de qué decir. Sabe que quiere seguir estudiando, que de pronto… cuando sea grande –piensa despacio– le gustaría ser enfermera. “Para aprender a curar a los enfermos”, dice, seguramente por las carencias de las que se percató en esta crisis.

De su estancia en el albergue, llamó la atención por la capacidad para cuidar a sus hermanas menores. “Demostró liderazgo. Desde el primer día estuvo pendiente de buscar sábanas donde pudieran dormir, de conseguirles ropa y zapatos, de sus necesidades más urgentes”, comenta Corina de la Rosa, quien estuvo a cargo del albergue de la escuela José Martí durante las primeras semanas después de la tragedia.

Haydeé recuerda su vida en San Miguel Los Lotes como una etapa feliz, especialmente las tardes que pasaba junto a su hermana Idalba cortando cushines, mangos, naranjas y chiltepes. Aunque también regresan a su mente los malos momentos del acoso sufrido por parte de algunos compañeros de escuela y los oídos sordos de su maestra.

Todavía extraña la comida de casa y no le gusta el encierro. Pero también se ha dado cuenta de las cosas buenas que le han sucedido, las nuevas amistades y que muchas personas pueden tenderle una mano cuando más se necesita.


Dos guerreras con muchos sueños que lograr

Darlyn de dos años junto a su madre María Fernanda de 17, sufrieron quemaduras de tercer grado el 3 de junio de 2018, cuando el vapor de los flujos piroclásticos las alcanzaron durante la erupción del volcán de Fuego.

Evelin Vásquez / elPeriódico

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Era un domingo cotidiano. María Fernanda García Arana se encontraba en su casa junto a su hija Darlyn Jamilet García García, en sus actividades usuales. María Fernanda presentía que la actividad del volcán de Fuego, ese 3 de junio, no era normal “la tierra temblaba mucho”, pero no había escuchado nada sobre buscar protección. Ese día su pareja no estaba en casa.

Sin embargo, luego de un gran silencio, la madre de Darlyn escuchó muchos gritos que llamaban a la gente a salir de sus casas, que corrieran a ponerse a salvo. Su hogar estaba en la aldea Los Lotes, Escuintla. Tomó a su hija entre los brazos y empezó a correr lo más rápido que pudo. Pero, una nube de humo y vapor las alcanzó. Este día María Fernanda vestía con falda y Darlyn con un pantalón que la protegió en parte de la tragedia. María tiene quemaduras en sus brazos, piernas y abdomen. Mientras Jamilet las tiene en su rostro, brazos y abdomen.

Entre la desesperación y la poca visión, Fernanda recogió a su hija y con mucho dolor y casi sin poder caminar llegó a un picop que las trasladó al Hospital Regional de Escuintla, “desde allí no recuerdo nada, solo sé que llegamos al carro cubiertas de ceniza”, dice.

Ambas fueron diagnosticadas con quemaduras de tercer grado. Por la gravedad de sus casos fueron trasladadas al Hospital Roosevelt, en ciudad de Guatemala. Ahí los doctores decidieron transferirlas a Estados Unidos junto a otros cinco menores de edad. Hicieron una estadía de tres meses, uno fue en el área de intensivo. “Estaba a dos cuartos de mi nena en el hospital, pero no podía verla. Yo tenía bacterias muy raras que la podían infectar, por lo que me prohibieron verla”.


Volver a estar juntas

Cuando retornaron al país se mudaron a una vivienda que la pareja de María Fernanda había alquilado, luego que todo quedara soterrado por los flujos piroclásticos. No pudieron permanecer ahí mucho tiempo, porque María Fernanda sufrió de violencia doméstica, algo que no había sucedido antes. Decidió irse y movilizarse con su hija al albergue Experimental de Escuintla, donde se encontraba su hermana Yaquelin García.

Yaquelin adquirió la custodia de María Fernanda, que aún no cumple la mayoría de edad, porque los padres de ambas decidieron no hacerse cargo de ella. Por otra parte, la Procuraduría General de la Nación (PGN) no permitió que Darlyn permaneciera con su madre por las condiciones del lugar, donde se dificultan los cuidados intensos que ambas necesitaban. La niña regresó con su padre.

Darlyn es una niña muy cariñosa que le gusta comer arroz y fideos, siempre jugaba, brincaba y reía. Esto ya es casi imposible porque debe usar un traje especial que protege sus quemaduras. “Yo me angustio mucho cuando la miro, porque ahora se mantiene llorando, quejándose y con mucha picazón, está lejos de mí y quiero a mi nena”, menciona.

La PGN está de acuerdo con que Darlyn Jamilet regrese con su madre, pero la condición para obtener la custodia de su hija es que adquiera una casa. María Fernanda no pudo ser trasladada a los albergues de transición unifamiliares (Atus) porque el calor es muy intenso y le produce mayores molestias a sus quemaduras.

María Fernanda mantiene una sonrisa en su rostro cuando revisa las fotos de su hija y está empeñada en recuperarla. Cuando se habla con ella, permanece con una energía, con sueños netos de seguir estudiando, querer trabajar y ver a Darlyn Jamilet crecer para darle todas las oportunidades que ella no tuvo. Aunque no puede negar con su mirada la tristeza, angustia y sufrimiento de un futuro incierto. “Esto nos vino a cambiar todo, pero estamos vivas”.


Keiler y Alejandro quieren ir a la escuela

Los hermanos de ocho y cuatro años perdieron a sus padres durante la erupción del volcán de Fuego. Actualmente viven con su abuela en un albergue temporal.

Ferdy Montepeque / elPeriódico

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A los pequeños Keiler y Alejandro Quintanilla Samayoa, el volcán de Fuego les quitó casi todo. La casa donde vivían en la comunidad San Miguel Los Lotes quedó sepultada bajo arena y material volcánico. Sus padres y su hermana de un año fallecieron el pasado 3 de junio, cuando la erupción del coloso provocó la desaparición del poblado completo. Los hermanos lograron escapar de la furia del volcán con la ayuda de su abuela Aura Leticia Samayoa, quien desde entonces tiene la custodia de ambos y se encarga de cuidarlos.

Aura es una viuda de 42 años que se gana la vida vendiendo fruta en Escuintla. Desde hace tres meses vive junto con Keiler y Alejandro, de ocho y cuatro años respectivamente, en una de las viviendas de madera y láminas de zinc que el Gobierno construyó en la finca La Industria.

Mientras atiende una pequeña tienda en La Industria, que logró instalar con Q800 que le regalaron a uno de sus hijos, Aura recuerda el motivo que los tiene viviendo en un albergue temporal donde escasea el agua potable y solo hay energía eléctrica para encender un foco por las noches. Dice que la tarde del 3 de junio ella estaba durmiendo, cuando los gritos de su hija Iris, madre de sus dos nietos, la alertaron sobre la erupción. En ese momento Keiler corrió para que la ceniza hirviendo expulsada por el volcán no lo alcanzara. Aura huyó tras él.

Iris se resguardó en una iglesia evangélica, llevaba en brazos a su hija Darelin, de un año. Alejandro también estaba con ella; pero Aura logró sacarlo con vida de ese lugar y corrió tan fuerte como pudo para no ser alcanzada por la nube de humo que amenazaba con atraparla. Iris y Darelin no lograron salir de la iglesia a tiempo y perecieron en el lugar. Víctor Hugo, el padre de Keiler y Alejandro, también falleció durante la erupción que cobró la vida de al menos 190 personas y dejó más de 200 desaparecidos, aunque los cálculos de las instituciones estatales son inciertos.

La angustia

“El día de la erupción fue la pura misericordia de Dios la que nos sacó de allí. Ya nos habíamos quedado. A los tres nos envolvió la arena que lanzaba el volcán. Ese día fue muy triste, demasiado triste… Alejandrito era una bola de arena y tierra, incluso ya no respiraba, luego le limpiamos la cara y al fin reaccionó”, cuenta Aura, al recordar el trabajo que realizaban los padres de Keiler y Alejandro para criarlos: ella era ama de casa y él, un agricultor que trabajaba en las fincas de café aledañas al volcán.

Después de salir de San Miguel Los Lotes, Aura junto con sus nietos pasaron meses en un albergue de Escuintla. Luego se les entregó un Albergue Transitorio Unifamiliar (ATU) en la finca La Industria, donde deben esperar a que el Gobierno concluya la construcción de sus nuevas viviendas permanentes.

Los hermanitos quieren estudiar

Este año Keiler, de ocho años, fue promovido a segundo grado de primaria y espera continuar sus estudios en 2019, para lo cual requiere de útiles escolares. La abuela de los pequeños tiene la intención de inscribir en preprimaria a Alejandro, de cuatro. De igual forma, necesita útiles escolares para el más pequeño. Además, medicamentos para aliviar los resfriados y vitaminas, debido a que por las condiciones en las que se encuentran en La Industria, los menores han padecido problemas respiratorios.

Además de estar a cargo de Keiler y Alejandro, Aura tiene un hijo de 23 años, Ismar Alexander, quien tiene problemas para caminar. También tiene a su cargo a otros dos hijos: José Obdulio de 18 y Marcos Iván de 16, quienes no han podido recuperar sus documentos de identificación, con lo cual, según la abuela, podrían buscar un empleo temporal para agenciarse de más fondos.


El anhelo de un nuevo hogar

Luis, el más pequeño de la familia Hernández Méndez, les insiste a sus padres para volver a Los Lotes, en donde estaba la casa que el volcán de Fuego les arrebató.

Isela Espinoza / [email protected]

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La muerte de Concepción Hernández le arrebató a su hijo Héctor, de 41 años, la posibilidad de tener un hogar para sus hijos. El rumbo de su historia cambió la tarde del 3 de junio. Mientras la ciudad y departamentos aledaños se cubrían de ceniza, las comunidades El Rodeo y San Miguel Los Lotes en Escuintla, desaparecían al paso del flujo piroclástico que expulsaba el volcán de Fuego.

El cielo azul se había tornado amarillento y el verde del paisaje se tiñó de gris. Entre gritos de personas que se esparcían sobre lo que una vez fue el paso de decenas de vehículos, se encontraba Concepción de 84 años. Fue uno de los primeros supervivientes que los rescatistas encontraron a orillas del Puente. Murió a los dos días.

Horas antes de la tragedia, Concepción estaba en su casa ubicada a orillas de la RN14. Toda su vida había convivido con el volcán. Los retumbos que emitía y hacían temblar la tierra ya eran parte de la rutina. La mañana de ese domingo, sus ocho hijos, cada uno en los terrenos que él les había heredado, se encontraban descansando junto a su familia.

Héctor se casó hace 16 años con Rosalina, quien nació en El Rodeo. Ambos tienen seis hijos: Hugo de 16 años, Edy de 15, Mildred de 13, Claudia de 12, Juan José de 11 y Luis Miguel de 10.

Su hogar estaba en una área de aproximadamente 6 metros de ancho y 80 de largo. El sábado, Rosalina, de 38 años, había salido junto a su hijo más pequeño a Santa Lucía Cotzumalguapa para visitar a un hermano enfermo. Su esposo se había quedado a cargo de la familia.

Ese domingo, él había salido al campo que se encontraba a unas cuadras de su casa. Mientras, su hijo mayor andaba “jugando en el monte” con sus primos y fue el primero en alertar a la familia. Héctor corrió rumbo a su casa al ver la erupción, pero unos vecinos lo alertaron que sus hijos ya habían sido rescatados. “Diez minutos, si mucho, bastaron para que la colonia desapareciera”, señala.

Entonces, fue hacia Escuintla y ahí se reunió con su esposa quien se quedó con cuatro de sus hijos. Él fue de albergue en albergue a buscar a Hugo y Edy. Al caer la noche, los encontró.

Dos días más tarde, Concepción falleció. Ante el dolor, Héctor le notificó a los encargados del albergue que saldrían para el velorio de su padre. Sin embargo, estos le advirtieron que les daban dos días y si no regresaban perderían su lugar. Héctor y su familia salieron del albergue con una pequeña bolsa de víveres y otra de ropa que les habían regalado.

A los nueve días regresaron a Escuintla. Tocaron las puertas de tres albergues y estos les negaron la entrada. No creyeron que eran damnificados.

Antes de la tragedia, él trabajaba en un ingenio. Debido a la incomunicación de la carretera perdió su trabajo. Hugo y Edy desde que salieron de sexto primaria ayudaban a su mamá a cortar café. Por quintal les pagaban Q50. Entre los tres hacían hasta cinco.

Luis, el pequeño de la familia, sueña con tener un hogar. A veces le pregunta a sus padres por qué no pagan otra casa en Los Lotes. Pero estos solo responden que ahí ya no se puede vivir. Desde la tragedia, viven con un primo en San Pedro Las Huertas, Antigua Guatemala. Él les proporcionó un cuarto. En cuanto a su alimento, se han sostenido gracias a los víveres que donaron miles de guatemaltecos. “Lo más duro es que no tenemos trabajo”, dice Héctor.


El niño que quiere ser chef

Inteligente e inquieto, Frank Díaz quiere ser chef para comer más rico en casa y ayudar a su padre con los gastos. También sueña con tener su propio cuarto.

Ana Lucía González / [email protected]

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Frank Díaz tiene ocho años recién cumplidos y muchos sueños en la vida. Uno de ellos es ser chef. A su corta edad, no solo sabe expresarlo con claridad, sino lo demuestra por el entusiasmo cuando ayuda a preparar un pay de melocotón. Y es que además, sabe ganarse en poco tiempo la simpatía de quienes lo conocen.

El interés del pequeño surge por los cursos de cocina, coro y marimba a los que asiste en vacaciones en el Proyecto Luis de Lión en San Juan del Obispo, La Antigua Guatemala, justo en las faldas del volcán de Agua. Fue entonces que tuvo la oportunidad de aprender a preparar licuados de frutas, galletas o una lasaña, cuenta la hija del poeta, Mayarí de León, a cargo del proyecto.

Frank confiesa que la disposición para dedicarse a la cocina en forma profesional fue también con la idea de comer más rico en casa y por la posibilidad de convertirlo en un ingreso extra en la precaria economía familiar. También le ha encontrado el gusto a las clases de marimba, un instrumento con un “sonido lindo”, asegura, además de contarnos que ya aprendió a interpretar ocho melodías.

El espíritu alegre de Frank contrasta con una vida llena de vicisitudes, casi desde que vino al mundo. Sobrevivió a una operación de corazón abierto a los nueve meses, a los cuatro años fue operado por una hernia inguinal. A esto se sumó la tragedia por la muerte de su madre hace poco más de dos años.

Su padre, José Ignacio Díaz Callejas, es herrero. Un oficio con escasa demanda y mucha competencia. De manera que “a veces hay trabajo, otras no”, expresa. Desde que quedaron sin madre, él se ha hecho cargo del cuidado de sus tres hijos, de 16, 13 y 8 años. Los cuatro viven en una pequeña casa de block con dos cuartos. Le tocó aprender a cocinar. “A veces les hago espaguetis con salsa, otras veces improviso, se han de cansar de lo que les preparo”, dice entre risas.

En los estudios, Frank destaca por su inteligencia. Su padre quiere que aprenda inglés, aunque a veces las situaciones se ponen cuesta arriba. Asiste a una escuela con libros prestados, pero por accidente los manchó con un jugo que derramó en su mochila. “Por eso no me entregaron sus calificaciones, porque tengo que reponer los libros por Q150 y no los tengo”, se lamenta.

Estas adversidades no hacen desfallecer a su padre. Si es necesario se levanta a las tres de la madrugada y junto a sus hijos toma el bus para irse a la ciudad capital cuando sale trabajo. Uno de esos fue en el Aeropuerto Internacional La Aurora, donde Frank conoció a una señora que lo llevó a conocer las instalaciones y le regaló un helado. En agradecimiento, el pequeño quiere llevarle un pedazo del pay que recibió en su clase de cocina.

Otro de los sueños de Frank es mejorar y ampliar la casa donde viven. Quiere tener una habitación propia, por lo que su papá busca comprar materiales como fibrolit, que le permitan levantarle una pared en el garaje de la casa para que el niño tenga su espacio. “Y ya no dormir juntos”, dice.

A pesar de las dificultades, cada día don José saca fuerzas de flaqueza para mantener el ánimo arriba y sacar adelante a sus hijos. Se toma de la mano de Dios y está al tanto de cada detalle, como no faltar a los chequeos anuales del corazón de Frank, de cuidarle sus dientes, y de que los hijos mayores entren con todas las ganas a estudiar los básicos. “Quiero darles lo mejor”, asegura.