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Cristian Velix / elPeriódico

Han pasado 16 meses desde que se identificó el primer caso de COVID-19 en Guatemala. Su paso en el país se asemeja a un fuego que no se apaga y consume vidas. Estas son historias contadas por bomberos que han sobrevivido a la pandemia y han visto de frente su fuerza descomunal.


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Una travesía entre el ocaso y el alba

El paciente se debatía entre la vida y la muerte. Era el 12 de mayo de 2021 y el grupo de atención prehospitalaria al que pertenece Saúl Vargas intentaba reanimarlo en el parqueo del Hospital Temporal del Parque de la Industria, a donde intentaba ingresar para ser atendido.

El enfermo de COVID-19 estaba teniendo un paro respiratorio; se le estaba acabando la vida dentro de una ambulancia. ¿Moriría? ¿Pasaría a ser un número que redondeara los 2 mil, 3 mil, 4 mil…, los más de 10 mil decesos por coronavirus en Guatemala?

Esa pregunta merodeaba en la mente de Saúl aquel día. Sentía preocupación, pero al mismo tiempo trataba de no pensar en ello. En el ambiente frío y denso que se respiraba en la ambulancia, Saúl evadía cualquier inseguridad en él.

El monitor cardiaco les había dado la alerta de que algo iba mal, lo que permitió que Saúl y sus compañeros reaccionaran para que el paciente no se volviera un recuerdo, un dolor sentimental para su esposa, que acompañaba la emergencia en un espacio aislado de la ambulancia.

En esos momentos, Saúl y las otras cuatro personas que intervenían en el traslado del enfermo con COVID-19 utilizaron medicamentos controlados para que al paciente no se le diluyera la existencia, para que tuviera una esperanza de sobrevivir y quizá superar la enfermedad que lo mantenía inconsciente…

Todo funcionaba en la ambulancia con la precisión de un reloj suizo. No había tiempo para distraerse. Eran minutos vitales. La vida del enfermo pendía de un hilo. Estaba postrado en una camilla en estado crítico. El coma inducido con el que se subió a la ambulancia impedía que manifestara reacción alguna.

Pasaron los segundos. El paciente fue reanimado; sobrevivió al paro respiratorio. Sobrevivió al traslado, un traslado en el que los cilindros de oxígeno se acumularon uno tras otro, uno tras otro, uno tras otro… El enfermo necesitó cuatro de ellos en este viaje que por fin concluía.

El virus seguía recorriendo su cuerpo, continuaba manteniéndolo tumbado sobre una camilla. Sin embargo, llegar al hospital temporal era una pequeña victoria. El recorrido fue tumultuoso y el arribo era un pequeño logro para él, para quienes lo atendieron y para sus familiares, que necesitaban internarlo en un centro de salud público, ya que el dinero se les había agotado y no tenían las posibilidades de mantenerlo en un sanatorio privado.


‘Minutos antes’


Antes de acudir al hospital temporal, Saúl y sus compañeros habían viajado hacia el Hospital Roosevelt, donde la situación era, cuando menos, alarmante: ya no cabían más enfermos y las soluciones que daban los doctores para recibirlos rayaban lo insólito.

En esa ocasión, Saúl se bajó de la ambulancia y se acercó a los doctores del hospital para preguntarles si había espacio para recibir al paciente. La respuesta no fue positiva: el personal médico le dijo que no tenían camas ni ventiladores, solo oxígeno.

Y es que en mayo pasado el Ministerio de Salud anunciaba que la ocupación en ese hospital era del 118 por ciento. La saturación también existía en otros centros de salud y las condiciones se agravaron, a tal punto que este ministerio declaró la alerta roja para las áreas de salud a finales de junio por el aumento de casos de COVID-19.

Ese 12 de mayo pasado, los doctores le dijeron a Saúl que podía dejar al paciente en una banca, conectado a un cilindro de oxígeno. Así pensaban atenderlo; a ese nivel había llegado la crisis hospitalaria. Pero la posición de los doctores cambió cuando Saúl les hizo saber que el paciente estaba ventilado y no podía respirar por sí mismo.

“Entonces mejor llévenselo para otro lado, porque no se puede; no se puede. Estamos saturados; no tenemos ventiladores disponibles”, fue la respuesta de los médicos.

Saúl regresó a la ambulancia, le dijo al piloto que se fueran para el Hospital Temporal del Parque de la Industria. En ese lugar concluyó la travesía. En ese lugar el paciente no iba a estar solo; ya no sería el único que se debatiría entre la vida y la muerte.






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Alejandra: una noche llena de angustia

“Él no tiene COVID-19”, dijeron los familiares del paciente. La sentencia, aunque categórica, causó duda en Alejandra Giraldo, una bombera ‘ad honorem’ de la Segunda Compañía de los Bomberos Voluntarios.

La expresión de los familiares fue breve. Fueron apenas cuatro palabras, pero en la mente de Alejandra se clavaron como alfileres. La incertidumbre había surgido en ella y le pedía a Dios que no fuera un enfermo con coronavirus.

Era alrededor de la medianoche y los bomberos de esa estación trasladaron al paciente al Hospital Roosevelt. Cuando llegaron, un doctor lo examinó y decidió enviar al enfermo a la sección de Medicina para Hombres. Alejandra entró al hospital y aún guarda en su memoria las imágenes que vio aquella noche.



En el hospital la realidad era otra. Había una aglomeración de pacientes, de personas que buscaban recuperar su salud, de enfermos que requerían atención para volver al exterior y abrazar la vida a plenitud.

El hospital estaba lleno. Para llevar al enfermo a la sección de Medicina para Hombres, Alejandra atravesó un pasillo que se le hacía interminable. Sentía que el recorrido dentro del hospital era como una maratón.

En el Roosevelt, los médicos estaban sumamente protegidos y ella no les pudo ver el rostro. Ver a los doctores en esas condiciones impactó a Alejandra. Se le erizó la piel. En el lugar no quería ni respirar porque creía que en el ambiente estaba el virus. El tiempo corría, los segundos y los minutos se acumulaban y Alejandra quería salir del hospital; le rezaba a Dios.

Dejaron en el centro de salud al paciente, pero el sentimiento de si era un caso positivo de COVID-19 la acosaba. En la ambulancia, nadie hablaba, quizá porque todos sentían cómo esa idea los perseguía.


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Alejandra se quería bañar, quitarse el virus de encima, pensar que no le iba a pasar nada, pero la incertidumbre le machacaba la mente. Pensaba que el paciente tal vez no estaba contagiado, pero al ingresar al hospital pudo haber adquirido la enfermedad y ahora podía contagiar a sus compañeros.

Saramago dijo que si pudiésemos prever todas las consecuencias de nuestros actos, no llegaríamos siquiera a movernos de donde nos haya asaltado el primer pensamiento; sentiríamos miedo de emprender una acción. Pero Alejandra no sentía terror; sentía resignación por lo ocurrido. Viajó de vuelta a la estación de bomberos junto con sus cinco compañeros. Se desinfectaron después de atender la emergencia y subieron a una pequeña estancia con dos escritorios y una computadora. En ese pequeño espacio lo inevitable rompió el silencio:

—¿Y si era positivo de COVID-19?

—No, Ale; tranquilizate.

—¡¿Y si sí?!

El diálogo tenía lugar al elaborar el reporte de la diligencia que acababan de concluir. Y aunque se emitieron opiniones respecto a la condición del paciente, la duda no se disipó en Alejandra incluso después de que se plasmó la última letra del informe.

Solo el tiempo le daría la respuesta sobre el posible contagio del paciente, pero mientras la espera se agotaba, mientras ese lento transcurrir de los minutos discurría, debía volver a su casa, donde la esperaba su novio.

En lo único en lo que pensaba Alejandra era en no llevar el virus para contagiarlo a él. Se subió a su auto y condujo a casa. Puso música para evadir el miedo que sentía.

Al entrar a su casa vio que su pareja dormía. Ella agradeció a Dios por llegar y poder abrazarlo una vez más. Le dijo a Dios que había hecho todo lo que podía, todo lo que estuvo en sus manos; le pedía que si algo pasaba le ocurriera a ella y no a él...

Recordar esa angustia le provoca lágrimas a Alejandra. El destino le deparó en aquella ocasión no contagiarse de COVID-19. No obstante, la experiencia continúa en su mente, al igual que los recuerdos sobre compañeros en cuarentena, familiares contagiados e, incluso, la muerte de un bombero de la estación.

Ya han pasado 16 meses desde que se registró el primer caso de coronavirus en el país. No hay una cifra oficial acerca de cuántos bomberos se han contagiado, han sufrido o muerto por la enfermedad; sin embargo, continúan recorriendo las calles y trasladando pacientes. Muchas de sus historias no han sido contadas.