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La muerte de Mirian Pacheco en medio de la pandemia del COVID-19 provocó en su familia una herida que se mantiene abierta, por las sospechas de una mala práctica médica y la incógnita sobre cómo recuperar sus restos. El caso de Mirian es un ejemplo de cómo el Estado, en lugar de ofrecer soluciones, es quien construye un laberinto de obstáculos legales y omisiones que las personas en situación de pobreza no pueden sortear.

Ferdy Montepeque / elPeriódico




Veintitrés horas después de haber ingresado al Hospital General San Juan de Dios a que se le practicara una prueba de COVID-19, Mirian Yolanda Pacheco Padilla yacía al fondo de una sepultura sin nombre y muy lejos de la casa donde vio crecer a sus hijos. Murió y la inhumaron sin que su familia estuviera al tanto. A Mirian la enterraron como XX, aunque en la morgue del Hospital aparece inscrita con su nombre completo y número de identificación personal.

Mirian falleció el 20 de mayo de 2020 a causa del coronavirus, según un certificado de defunción del Registro Nacional de las Personas (Renap). Pero el Hospital nunca le mostró a la familia el resultado de la prueba por la que ingresó al centro; tampoco les dieron acceso al expediente clínico.

Recién había cumplido 38 años y sufría insuficiencia renal. Era ama de casa, madre de ocho hijos y vivía en el caserío Queseras, aldea Las Peñas, en una remota región montañosa y de difícil acceso en Esquipulas, Chiquimula, a pocos metros de la frontera con Honduras.

Un día antes de su muerte, los familiares de Mirian la llevaron a la Unidad Nacional de Atención al Enfermo Renal Crónico (Unaerc), en la capital. Tenía tos, por eso de Unaerc la remitieron al Hospital San Juan de Dios para saber si era a consecuencia del virus. No supieron de ella hasta después de su muerte, cuando ya era tarde para recuperar su cuerpo.


Luto

Elizabeth Polanco habla recio y segura, pero enseguida calla y trata de contener el llanto. No puede, su rostro se descompone. Sobre una mesa de madera rústica que se tambalea en el piso de tierra, moldea la masa para preparar tortillas y hace una pausa para secarse las lágrimas. Lo que viene a continuación es como un desahogo, una muestra de su enojo por la falta de información sobre el paradero del cuerpo de Mirian Pacheco, su madre. Es también la señal inequívoca de un duelo que no termina.

“En el hospital algo le hicieron a mi mamá, yo solo quiero que me digan dónde está enterrada”, reclama Elizabeth con la voz entrecortada, pero en tono fuerte y tratando de no gritar. Lo primero lo dice porque estuvo con Mirian hasta un día antes de su muerte y Elizabeth no ha estado enferma de COVID-19. Lo segundo es porque sus familiares lucharon por encontrar los restos de Mirian, incluso contra las barreras burocráticas y el silencio inexplicable del personal del Hospital San Juan de Dios. Nadie les dio respuestas.

La joven de 18 años es la mayor de los ocho hijos que Mirian procreó con Juan José Polanco, quien desde hace tres años vive en Estados Unidos, a donde migró para obtener más ingresos económicos y pagar deudas. Jaime Pacheco es el esposo de Elizabeth, ambos tienen un hijo que está por cumplir seis meses; además, se hacen cargo de la alimentación y los estudios de cuatro de los hijos que quedaron solos tras la muerte de Mirian.

“Se llega el Día de la Madre y es muy triste porque cuando uno quiere llevarle una flor, no se puede. Extrañamos mucho a mi mamá y lo único que quiero es que me la entreguen, porque lo que hicieron con ella fue una grosería”, dice mientras observa a sus hermanas que corren descalzas por la casa y barren el suelo.

La muchacha deja la cocina y se dirige al cuarto principal en el que hay cuatro camas. La joven busca debajo de un colchón y entre unos papeles encuentra una foto de su mamá. Muestra la imagen y habla poco de Mirian, solo dice que le gustaba evitar problemas y que era una mujer alegre, que daba mucho amor a sus hijos.

En Elizabeth destacan rasgos físicos como los de Mirian: complexión delgada, labios gruesos y pómulos ligeramente pronunciados. Aunque Elizabeth tiene los ojos tristes, viste con colores vivos, como queriendo hacer menos evidente el luto que guarda dentro; sus cejas y pestañas están detalladamente delineadas, el pelo ondulado muy bien recogido hacia atrás y lleva un par de argollas iguales a las que su madre luce en la foto que muestra mientras repite una vez más que solo quiere saber dónde está enterrada su madre, para llevar sus restos a Las Peñas.

Para la familia de Mirian es difícil volver a la capital y preguntar en el San Juan de Dios qué pasó durante las casi 13 horas que ella estuvo internada antes de morir. Desconocen los trámites para pedir la exhumación del cuerpo, están muy lejos de la ciudad y hay poco dinero para trasladarse.


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Un lugar lejano, en la orilla

Llegar a Las Peñas requiere un viaje de una hora en vehículo 4x4 desde el centro de Esquipulas, que se encuentra a más de 200 kilómetros de la capital. El camino de terracería hacia la aldea es rudo y empinado, tanto que aún para los carros de doble tracción es costoso subirlo. Los únicos medios de transporte público entre el centro del municipio hasta la comunidad son los picops todoterreno con barandas metálicas en la carrocería que cobran Q25 por persona, una tarifa cara si se compara con los Q40 o Q50 que, en promedio, gana por día un jornalero que corta café o trabaja la tierra en el área.

Las Peñas se encuentra muy cerca de la frontera con Honduras, así que la señal telefónica con más presencia en el poblado es la del país vecino. Solo en algunos lugares las personas logran conexión para recibir y hacer llamadas, o para comunicarse por mensajes de WhatsApp.

La casa donde Mirian Pacheco vivió casi toda su vida está a unos 50 metros de la vía principal de la aldea, camino abajo, al final de una estrecha y empinada vereda que serpentea entre cafetales.

En la región abundan los sembradíos de café y banano. Las modestas casas de paredes de adobe y techos de lámina, como la de la familia Pacheco, contrastan con las ostentosas viviendas a la orilla de la ruta principal, que un poblador relaciona con el narcotráfico en la región. Algunas edificaciones parecen fortines: con cámaras de vigilancia en la parte frontal, portones detalladamente forjados y alambres espigados en los muros perimetrales.






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Tras las pistas de Mirian Pacheco

Jaime Pacheco, el esposo de Elizabeth, es quien más recuerda sobre las últimas horas de vida de Mirian. Cuando se le pregunta qué pasó, de inmediato asiente con la cabeza, prende un cigarrillo y se sienta en un pequeño muro recién construido que circula la casa. Se acuerda de todo “como si fuera ayer”, dice, y habla sin parar…

El 17 de mayo de 2020, Jaime, Elizabeth y Mirian pagaron un viaje para salir de Las Peñas hacia la capital, a Unaerc. El Gobierno había implementado toques de queda a partir de las 18:00 horas y Guatemala estaba en plena escalada de casos de COVID-19. Un mes después, el Ministerio de Salud Pública y Asistencia Social (MSPAS) daría a conocer que, para entonces, Guatemala estaba llegando al pico más alto de la pandemia, aunque después vendrían más olas de contagios.

Mirian llegó a Unaerc dos días después de que salió de Las Peñas, pero no la atendieron, sino que la remitieron al Hospital San Juan de Dios para que le practicaran una prueba, porque tenía un síntoma del coronavirus.

“Como ella tenía esa infección en los riñones le daba tos, vómitos y dolor en el estómago”, señala Jaime, mientras agita las manos cuando explica cómo pasó. Dirige los ojos al piso con la mirada perdida, se lleva el cigarrillo a la boca y sentencia: “Yo doy fe de que no fue de COVID-19 (la muerte de Mirian). Me hice la prueba en Guatemala porque andaba con ella y salí negativo”, dice con seguridad.

Antes de ingresar a su suegra al Hospital, Jaime se comunicó hasta Estados Unidos con Juan José. Le explicó lo que le habían dicho y le preguntó: “¿Qué hago?”. Juan José le dijo que hiciera todo lo posible por la salud de su esposa. A las 17:30 horas del 19 de mayo, la ingresó al San Juan de Dios para que le hicieran la prueba de COVID-19. Dejó tres números de teléfono para que le avisaran sobre la salud de Mirian: el de él, el de su esposa y el del chofer que los acompañó desde Esquipulas. El personal del hospital no se comunicó a ninguno de los tres.

Según el certificado de defunción del Renap, Mirian murió en el San Juan de Dios a las 6:15 horas del 20 de mayo de 2020. En el documento consta que la causa A de muerte fue una falla ventilatoria tipo 1; la causa B, el COVID-19.

A pesar de que Mirian ingresó al Hospital con su Documento Personal de Identificación (DPI) y de que, en la morgue del San Juan de Dios también la registraron con todos sus datos, en el acta de defunción solo aparece como XX. En papel que tiene la familia se lee que escribieron correctamente la edad que ella tenía: 38 años; los había cumplido el 8 de mayo. Pero consignaron que su lugar de nacimiento fue el municipio de Guatemala, aunque es oriunda de Esquipulas.

De esa forma enterraron a Mirian, sin nombre, y todo ocurrió sin que el hospital informara a la familia. Elizabeth y Jaime aseguran que el 20 de mayo ellos aún estaban en la capital a la espera de saber sobre Mirian. Se enteraron de su deceso una semana después de que este ocurrió, cuando ya estaban de vuelta en Las Peñas, y solo después de que insistieron para obtener información por teléfono.


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Sin nombre, sin fecha, sin explicaciones

Jaime termina de fumar el cigarrillo, baja el tono y habla más pausado al recordar la llamada del 28 de mayo de 2020, cuando al fin logró comunicarse con un trabajador del hospital, de quien no recuerda el nombre. Estaba junto a Elizabeth, y así se enteraron de la muerte de Mirian:

“Cuando me contestaron pedí información de mi suegra. ‘Mire, su familiar falleció’. Pero me decían otra fecha distinta, que había sido en abril. Yo les dije que la ingresé el 19 de mayo; me acuerdo puntualmente. Me decían que se llamaba Lidia. A los 15 minutos me llamaron de nuevo y me dijeron: ‘Lo siento, don Jaime, pero ella murió el 20’ (un día después de ingresarla al San Juan de Dios)”.

Después de eso, Jaime acudió a la morgue del Instituto Nacional de Ciencias Forenses, donde no le dieron explicación sobre dónde estaba el cuerpo. También cuenta que revisó cadáveres en un contenedor frío, pero tampoco encontró el de Mirian.

En el San Juan de Dios solo le dieron el acta de defunción en la que se lee “-XX XX, XX XX-” donde debería estar escrito el nombre de Mirian Yolanda Pacheco Padilla; también le devolvieron el DPI de ella, con el que fue a la morgue del San Juan de Dios a preguntar; allí le dijeron que los restos de ella fueron depositados en el Cementerio La Verbena, en la zona 7 de la capital, pero ya no fue a comprobar si era cierto porque el chofer que lo había llevado de nuevo a la capital se negó a acompañarlo, dice Juan José.





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Cuadro 5o., fila 2, sepultura 22

La oficina del encargado del Cementerio La Verbena, Francisco López, es tétrica: oscura, descuidada y con muebles deteriorados. Este cementerio es el designado por el Ministerio de Salud para inhumar a todas las personas que mueren por COVID-19 en el área metropolitana, aunque esa disposición no se cumple al pie de la letra.

elPeriódico pregunta a López si hay alguna persona de nombre Mirian Yolanda Pacheco Padilla enterrada en el cementerio, o si una mujer de 38 años procedente del Hospital San Juan de Dios fue inhumada allí el 20 de mayo de 2020, o los días siguientes a esa fecha. El encargado de La Verbena es un hombre moreno y canoso; habla en voz baja y realiza movimientos pausados. Dice que el año pasado se infectó de coronavirus y que no es el mismo desde entonces, que la enfermedad le pegó fuerte. López pide a su secretaria que busque los datos en los registros, y empieza a hablar sobre su trabajo.

Al inicio de la pandemia en el país, cuenta el encargado, el Gobierno no quería que se supiera dónde se enterraba a quienes fallecían a causa del coronavirus, pero pocos días después fue imposible ocultarlo. Hay un área específica para muertes por COVID-19; se les asigna un número, aunque es difícil saber dónde está cada tumba porque solo unas cuantas tienen una cruz o una lápida que mandaron a poner sus familiares para saber dónde están inhumados.

La secretaria de López interrumpe y vuelve para decir que no hay ninguna Mirian Pacheco en los registros del cementerio. Al proporcionarle el número del certificado de defunción que le dieron a Jaime en el San Juan de Dios, va de nuevo a revisar en su base de datos y regresa a la oficina de López: la empleada vuelve con un papel en la mano y dice: “Sí, es ella”. Es la constancia del ingreso del cadáver de una mujer de 38 años registrada como XX que murió en el San Juan de Dios. El número de certificado de defunción coincide con el que le dieron a Jaime. El detalle del papel dice: “Cuadro 5o., fila 2, sepultura 22”.

El cuerpo de Mirian fue inhumado en La Verbena a las a las 16:25 horas del 20 de mayo de del año pasado, 23 horas después de que ella ingresó al San Juan de Dios solo para que le practicaran una prueba de COVID-19. La madre de ocho hijos, a quien extrañan en Las Peñas, Esquipulas, siempre estuvo allí. Su familia de escasos recursos se enterará muy tarde...


–Aló –dice Elizabeth (se entrecorta la llamada, hay poca señal).

–Aló. –Jaime toma el teléfono.

–¡Qué tal! Le cuento que el número de acta de defunción que les dieron de Mirian coincide con uno registrado en La Verbena –le dice el autor de este reportaje.

–Ah, mire pues –responde Jaime en tono resignado.

–¿Quién le dio el acta de defunción?

–Yo digo que el gerente de la morgue, porque él me atendió. ¿Por qué hicieron eso teniendo el DPI de ella y teniendo el número mío?

–¿El DPI de ella quién lo tenía?

–El doctor lo tenía, el del San Juan de Dios –dice Jaime finalmente.

El Hospital General San Juan de Dios no respondió a este medio por qué inhumaron a Mirian como XX, cuando ella estaba registrada con nombre completo y número de identificación. Tampoco se pronunciaron por los señalamientos de falta de información que hizo Jaime Pacheco, aunque tuvieron tres meses para hacerlo. Gerardo Hernández, director del hospital, ofreció el 27 de julio que daría respuesta a las interrogantes, pero, de nuevo, no hubo explicación.

La Unidad de Acceso a la Información Pública del Hospital San Juan de Dios se negó a dar datos del caso por tratarse de información sensible al revelar el “estado de salud” de una persona que fue paciente del centro asistencial.

Quien logró averiguar más, tras una consulta de elPeriódico, fue Zulma Calderón, defensora de la Salud de la Oficina del Procurador de los Derechos Humanos (PDH). Calderón confirmó que Mirian Yolanda Pacheco Padilla estaba registrada con nombre completo en la morgue del San Juan de Dios, que según el expediente clínico era positiva para COVID-19, y que en los documentos consta que el 20 de mayo de 2020 estuvieron llamando a los familiares desde el hospital.

Pero a Jaime y Elizabeth no les ingresó ninguna llamada el día que Mirian murió, a pesar de que en esa fecha aún esperaban por ella en un hotel de la capital. Calderón asegura que la papeleta donde consta el historial clínico de un paciente de la red del Ministerio de Salud es “fácilmente alterable”, y por el tiempo que pasó es probable que eso haya ocurrido en el caso de Mirian Pacheco.

La defensora de la Salud recordó que para la fecha en la que falleció Mirian las morgues de los hospitales estaban colapsadas y hubo desorden en el registro de fallecidos por coronavirus. La Oficina del PDH investiga 41 casos de personas fallecidas en 2020 que fueron inhumadas como XX, cuyos familiares denunciaron que no fueron notificados por los hospitales de los decesos, aunque constantemente requirieron información. Todos los casos son investigados en cuatro expedientes. Todos, excepto el de Mirian.

Hasta el 13 de junio de 2021, en La Verbena había enterradas 1,255 personas que murieron por COVID-19. Del total de fallecidos por coronavirus en ese cementerio, 75 fueron inhumados como XX.





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Sin denuncia y sin caso

Después de que se publicaron en los medios de comunicación los primeros datos sobre lo que sucedió con Mirian, el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) en Guatemala se comunicó con Jaime para brindarle asistencia económica y psicológica por la pérdida de su familiar, así como asesoría para que la familia presentara una denuncia en el Ministerio Público (MP). Jaime cuenta que en el MP le dijeron que debía elaborar la denuncia con apoyo de una trabajadora social del San Juan de Dios, pero el Hospital no le ayudó, así que nunca presentó la denuncia.

Según Luis Pedro Domínguez, comunicador del CICR, después de la asistencia que dieron en el caso, este fue “referido” a la delegación de la Oficina del PDH en Chiquimula. Sin embargo, el encargado de esa dependencia, Emilio Penedo, informó que únicamente se comunicaron con la familia de Mirian, pero nunca se abrió expediente en Chiquimula porque los hechos ocurrieron en la capital. Lo cierto es que ninguna unidad de la Institución del PDH investigó el caso.

Una semana después de confirmarse que los restos de Mirian Pacheco yacen en el Cementerio La Verbena, Jaime Pacheco llamó de nuevo al autor de esta nota y preguntó sobre el caso de su suegra. La familia está pendiente de saber si podrán llevar los restos de Mirian a Las Peñas, para que tenga una sepultura digna y cerrar el duelo. Pero esto es incierto, porque ni las autoridades del Ministerio de Salud tienen claro cómo proceder.

Mario Godínez, quien hasta el 31 de agosto fue administrador del Cementerio General, aseguró que los cadáveres fallecidos por COVID-19 son inexhumables, porque el Reglamento de Cementerios y Tratamiento de Cadáveres del MSPAS establece que no se podrán exhumar los cadáveres de personas que hayan fallecido por enfermedad “cuarentenable”. Pero esa misma norma hace la salvedad de que, la Dirección General de Servicios de Salud puede autorizar la recuperación de restos.

El jefe de la Unidad de Exhumaciones de Orden Judicial y Traslado Sanitario de Cadáveres del Ministerio de Salud, Jorge Ovalle, da esperanzas a la familia de Mirian sobre una posible recuperación de restos: “Sí se puede. Hay que solicitarlo al MP a través de un notario. El juez tiene que dar la orden de la exhumación si a él le parece procedente. Se solicita un médico al Ministerio de Salud, que siempre soy yo. Entonces, acompañamos al MP a hacerla y a entregar el cadáver”, explica.

La familia de Mirian Pacheco aún no tiene claro si podrá presentar una denuncia para que el MP investigue el caso y posteriormente solicitar la exhumación. Sus recursos económicos son limitados y ninguna organización del Gobierno, o civil, los apoya para plantear el requerimiento.

Mientras tanto, Elizabeth y Jaime también tienen planeado migrar a Estados Unidos para buscar un trabajo que les permita mejores ingresos económicos y ayudar a Juan José Polanco a sacar adelante a su familia.

En la voz de Jaime se filtran la desesperación y la incertidumbre por lo que vendrá, pues dice que se irá a EE. UU. junto a su hijo de seis meses. Quiere que los restos de Mirian regresen a Las Peñas, pero también debe buscar un mejor futuro para su pequeño, el nieto que Mirian nunca conoció.