cerrar

Isela Espinoza / [email protected]

Marzo de 2020. El pánico de quedarse sin víveres para pasar los días de confinamiento llevó a cientos de personas a abarrotar los supermercados. Mientras, en San Juan Comalapa, Chimaltenango, hubo un asilo de ancianos que vio cómo disminuían las donaciones de alimentos, medicinas o actividades recreativas, que para las personas adultas mayores eran un oasis en medio de aquel encierro.

El COVID-19 atrincheró a 24 personas mayores en el Hogar de Comalapa. “¡El virus existe! Por amor a ellos, prohibido el ingreso. Recibimos las donaciones aquí en el portón”, avisaba un cartel en la entrada al hogar, donde todavía se narran las historias de esos aciagos días. Estas son algunas de ellas.


A salvo de las ratas

Pastel, pollo y amigos. Así recuerda Juan Francisco su cumpleaños número 71, que celebró el 10 de mayo de 2020.

Sentado en su silla de ruedas recuerda que cumple 22 días de haber llegado al hogar, que lo acogió después de una pesadilla, como describe el día en que su vida se destruyó. Su anterior vivienda, una bodega en el mercado de Amatitlán, “era un cuarto, así chiquitillo, donde no cabía ni cama ni nada”, cuenta. Ahí, de día, guardaban y sacaban cajas de tomate, y de noche se convertía en su habitación. Un lugar sin luz, ni espacio para su aseo personal. Sin embargo, el encargado puntualmente recogía los Q13 diarios que costaba el alquiler.

Juan Francisco llegó a ese lugar después de que una conocida lo convenció de cambiar el cuarto que alquilaba en El Milagro por otro que ella le daría en su casa sin ningún costo. Tenía al menos Q2 mil para invertir en su venta de pasta dental, rasuradoras, peines, veneno para cucarachas y ratas, guacales, entre otros productos que veía en oferta en la 17 calle de la zona 1. El acumulado lo guardaba en su cuarto, pero un día todo desapareció. Según le dijo la dueña de la casa, habían entrado a robar. Una vecina le contó otra versión que señalaba a los habitantes del lugar como los culpables. Sin un centavo y sin venta, decidió abandonar el sitio y optar por la bodega.

“Hace un año todavía hice un viaje a Puerto Barrios. Al venir me bañé. A los días ya no sentí mis piernas. Desde esa vez me quedé tirado en el suelo de la bodega”, dice.

Francisco le atribuye al cambio de clima y haberse duchado la causa de perder la movilidad. Tumbado en el suelo veía el ir y venir de los inquilinos del mercado y de quienes llegaban a comprar. “Pasaba la gente y ni siquiera me preguntaban qué tenía”, cuenta mientras se arregla el sombrero de paja que le cubre del sol, para luego, en un gesto disimulado, quitar las lágrimas que se abren paso entre sus ojos.

Image

Los días se acumularon. El cabello y barba le empezaron a crecer y a su descuidada apariencia física se sumaba el dolor de espalda que le provocaba estar en la misma posición durante seis meses.

“Las ratas y cucarachas no me dejaban dormir. Un día vi cómo una rata murió cerca de mí y la otra me cayó, también muerta, en la cabeza. Las que estaban vivas empezaban a comerme el pelo”, dice Juan Francisco, quien recuerda que fueron días en los que lloraba por las noches porque el lugar no tenía luz. Sabía que eran las cuatro de la mañana cuando empezaba el movimiento en la bodega y sentía un poco de tranquilidad porque la circulación del mercado ahuyentaba a los roedores.

Además, el COVID-19 también acechaba a su alrededor. Al menos tres personas que alquilaban en la misma bodega y el encargado de cobrar la renta se infectaron. Pero él no. Recientemente cumplió 72 años. Las ratas y su mal estado de hace algunos meses aún rondan por su mente como una pesadilla. Mantiene vivo su deseo de volver a caminar e ir a vender a las ferias de Jutiapa, Jalapa, Puerto Barrios y Cobán, de donde recuerda con exactitud las fechas de las fiestas patronales y días de mercado.

Mientras observa cómo transita la vida en el hogar, vienen a su mente recuerda a quienes le ayudaron: una señora del mercado que le llevaba comida, la señorita que contactó con el hogar, una bombera que le dio estadía en su casa y que, junto con un compañero paramédico, le cortó el pelo y bañó.

“Tengo fe en que voy a volver a caminar porque me escapé de esa enfermedad (COVID-19), y aquí las señoritas ya me llevaron a vacunar”, dice con tono esperanzador.






Image

A la espera de un empleo

Más de 30 años de experiencia en el mantenimiento de equipo médico hospitalario han quedado en pausa desde febrero de 2020. Helin recuerda que recorría todo el país en bus o en carro para atender a su clientela. Viajaba de la ciudad de Guatemala a Melchor de Mencos, en Petén; a Tacaná, San Marcos, o a Santa Cruz Barillas, Huehuetenango. El lugar que requiriera sus servicios era su destino y fuente de ingresos.

Su último viaje lo realizó a Puerto Barrios, a la clínica de un radiólogo, recuerda. Helin es el rostro de las estadísticas que señalan las cifras de desempleo en Guatemala a causa de la pandemia.

“Atendí y puedo seguir atendiendo, siempre que haya trabajo en toda la república”, dice. Pero sus clientes, principalmente clínicas privadas, disminuyeron 50 por ciento de su capacidad debido a la reducción de pacientes. Eso hizo que prescindieran de sus servicios. Un año después, las cuentas de teléfono, renta, servicios de la casa, alimentación y otros rubros de su presupuesto fueron agotando sus ahorros.

Esa situación lo trajo al asilo… “Si alguien me ofrece trabajo, yo me voy”, expresa. Con 68 años es el interno más joven. Estar activo lo mantiene alejado de los pensamientos que lo invaden. Asegura que inicia su colaboración con el personal del hogar desde muy temprano, en lo que le soliciten. “Lo hago con todo el corazón. Llevo a los abuelitos; ayudo a acostarlos porque a veces no pueden hacerlo por cuenta propia. Entonces se les ayuda, se les sienta, se les recuesta y se les estiran las piernas”, cuenta como si estuviera ofreciendo esos servicios a un posible cliente.

Helin describe a Dios como un refugio no físico que le ha ayudado a tener serenidad y al que le pide paciencia. Nunca usó un rosario, asegura, pero ahora carga uno en su pecho. Los martes, en una pequeña galera que funge como capilla en el asilo, practica su espiritualidad o consagración, como lo llaman en el hogar.

Es el único interno que tiene familiares, quienes cuentan con permiso de visitarlo, siempre y cuando cumplan todos los protocolos de desinfección. Hace una semana vio a dos de sus tres hijos y a un nieto, momento que atesora a su regreso al hogar, mientras espera la llamada de un cliente para reactivar su experiencia laboral. “Es un poco triste, pero hay que tener fe. Sé que algún día voy a volver a trabajar”, dice con un gesto que se confunde entre la esperanza y la melancolía.





Image

El bohemio

Han pasado 10 años desde que Fernado llegó al Hogar de Comalapa. La televisión del comedor es su único contacto con el exterior. Así es como se entera de que allá afuera la pandemia hace estragos. Pero dice sentirse tranquilo porque es uno de los 14 ancianos que ya recibió la vacuna contra el COVID-19. El DPI y los fondos económicos para su traslado al centro de salud fueron el pase para inmunizarse. La directora del hogar, María Arredondo, comenta que al menos cinco personas mayores no tienen DPI. Ella está a cargo de hacer el trámite, pero el proceso va lento. Mientras, un segundo grupo no se ha podido vacunar debido a que en la fecha asignada para recibir la primera dosis no había fondos suficientes para pagar un transporte que los llevara al centro de salud. Ahora están a la espera de una nueva convocatoria.

Originario de Mazatenango, Fernando inicia su rutina a las cinco de la mañana, aunque admite que no tienen hora para despertar. No obstante, prefiere ser puntual y tener lista la leña que servirá para la primera taza de café.

Sin embargo, termina la tarea en cuestión de minutos y aprovecha el resto de las horas del día para cantar. “Me gustan las rancheras”, dice, mientras recuerda que en su juventud trabajó en una finca como agricultor. Antes de llegar al hogar estuvo internado en el Hospital Roosevelt debido a la cirrosis que padece. “Ya fuera calavera”, bromea.

Aunque en ocasiones su mente lo traiciona al olvidar la letra de alguna canción, en segundos recupera los recuerdos: “Aquí traigo un sentimiento que me agooobia y que meee maaataaa, de acordarme de la ingrata que trató de abandooonarmeee. No quisiera ni acordarme de esa ingrata, cruuueeel mujeeeer, que siendo yo su querencia no me supo corresponder…”.

Los aplausos de sus compañeros no se hacen esperar mientras se desata la risa en él. “Soy risueño igual que mi papá y mi mamá”, dice antes de empezar la siguiente canción...





Image

Una sonrisa

Nueve de la mañana. Un día más de encierro para quienes están conscientes del día a día, pero para Magdalena es la hora de la refacción. “Mi vaso, aquí me dan atolito para llenar la lombriz”, dice mientras señala su estómago y sonríe.

—¿Qué tal está? —le preguntan.

—Sí, la lombriz. Ya va a ser la hora del atolito —responde y vuelve a sonreír.

Busca conversar, pero sus 80 años parecen acumularse en su falta de audición.

—Hábleme recio porque no oigo —exclama mientras trenzan su cabellera.

Hoy es día de tejer.

Atenta observa las puntadas que debe dar para formar líneas que, en secuencia, tendrán un patrón que decorará el trozo de tela destinado a ser un centro de mesa. Así pasa el mediodía y se alista para el almuerzo. El menú del día: verduras cocidas y carne picada.

Magdalena sonríe. Fuera de las paredes que la rodean hay un virus mortal para alguien de su edad. Ella solo piensa en terminar el centro de mesa.





Image

Sin atención específica

Teresa Maldonado, defensora de las personas mayores de la oficina del procurador de los Derechos Humanos (PDH), lamentó que con la pandemia los asilos quedaran “en total abandono” por parte de las autoridades gubernamentales; entre ellas, el Ministerio de Salud Pública y Asistencia Social. “En ningún momento emitieron un protocolo específico para la prevención y manejo de casos positivos de COVID-19 en estas residencias. Además, ninguno de estos lugares cuentan con un espacio específico para el aislamiento. Hay una gran debilidad”, manifestó.

En septiembre de 2020, el PDH reveló en un informe que en 58 asilos monitoreados la mayoría de los ancianos permanecen por motivo de abandono por parte de su familia o se encontraban en situación de calle. Además, el monitoreo señaló que la mayoría de las residencias no cuentan con un médico permanente y los hogares que funcionan por medio de donaciones se encuentran con recursos limitados.