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Rony Ríos / [email protected]

“Soy antisocial”. Esa es la premisa que Juan, como le llamaremos en esta historia, utiliza para describir su situación, que fue más latente durante la pandemia.

Antes de la pandemia, Juan era un joven con pocos amigos, si pudiera llamarles así a los compañeros de estudios y trabajo con los que se gastaba algunas bromas, apreciaciones del futbol y con quienes compartía contadas anécdotas personales.

Juan no era alguien que saliera mucho. No le gustaban las fiestas y sus relaciones sociales más placenteras eran jugar futbol o videojuegos con algunas personas; siempre relaciones que no requirieron hablar demasiado.

Esas pequeñas dosis de diversión eran suficientes para Juan, pero la pandemia sacudió su mundo; aunque no perdió a ningún familiar por el COVID-19, sufrió en carne propia la contracción económica y las limitaciones de movilidad.

En abril o mayo, Juan no recuerda exactamente la fecha, su jefe en la venta de repuestos automotrices le informó que ya no iba a requerir sus servicios porque ya no había tantos clientes y, por ende, no podía pagarle el salario mínimo que ya le daba por más de 11 horas de trabajo.

Juan pasó a engrosar la lista de personas que perdieron sus empleos en esa época; solo en abril, 54 mil guatemaltecos dejaron de formar parte de las planillas registradas ante el Instituto Guatemalteco de Seguridad Social. Cada uno de esos 54 mil desempleados afrontó la situación de distintas formas. Juan se aburrió, se sintió impotente y se deprimió.

Ese momento se traslapó con el cierre del país, los toques de queda y las prohibiciones para salir de la casa. ¿Qué podía hacer si el motivo de su arduo trabajo era colaborar en la casa en la que vivía con su papá, mamá y hermano? ¿Cómo seguir aportando a un hogar en el que tu padre trabaja por llamada para reparar electrodomésticos, en el que tu mamá es ama de casa y en el que tu hermano menor todavía no labora?, se cuestionaba Juan tumbado en un sillón corinto en el que suele amontonar la ropa limpia que, por dejadez, no ha guardado.

Las interrogantes resonaban en su cabeza y le daban esa constante sensación de que la vida lo patearía una vez... y, cuando por fin comenzara a levantarse, lo volvería a tumbar.

La idea se hacía presente todos los días. Los ahorros se iban terminando y la ayuda del Gobierno llegó una sola vez por medio de un mensaje de texto en el teléfono prepago de su padre.

La familia de Juan aplicó, aunque tarde, para recibir el Bono Familia, que repartió el Ministerio de Desarrollo durante la pandemia, por lo que solo pudo cobrar el segundo depósito, el de Q1,000. La tercera entrega nunca llegó.

Realmente no se enteraban mucho de lo que pasaba porque su mamá se alteraba al saber que el virus estaba más cerca y siempre se hablaba de muertos por el COVID-19, por lo que no veía las noticias. Tampoco recibieron las bolsas con alimentos que repartió el Gobierno.

Justo antes del amanecer

Los días eran más oscuros y las raciones de comida eran más pequeñas. Pero todo eso ya lo había vivido; todo se solucionaba liberando la mente con alguna broma estúpida o con una ‘chamusca’, pero no era suficiente: aquel que se autodenominaba “solitario” sintió la acometida de la verdadera soledad.

Ver a sus padres y hermano solo le hacía recordar su obligación adquirida con la familia. Su refugio era el pequeño cuarto que habitaba día y noche. Entre esas paredes, los videojuegos fueron un asilo temporal.

Después de jugar horas, día tras día, solo quedaba espacio para que Juan se sumergiera en sus pensamientos, en sus recuerdos y en sus anhelos. El aburrimiento fue la puerta para una introspección no muy favorecedora: Juan se deprimió. Todo le aburría y le comenzó a perder el gusto a la vida.

Sus problemas lo agobiaban y durante al menos tres meses tuvo el pensamiento recurrente de suicidarse, pero su crianza cristiana le hizo pensar que su alma se enfrentaría a un infierno. Lo que más le inspiró fue la esperanza del plan perfecto de Dios.

Este año comenzó mejor para Juan, pues consiguió que lo volvieran a contratar, pero sigue guardando el secreto de la profunda depresión que sufrió.

Bajo la premisa de muchos adictos, Juan vive un día a la vez, todavía sin amigos, pero consciente de haber descubierto lo peligrosa que puede ser la soledad en un solitario.