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Beatriz Lix / elPeriódico

A mi lado hay movimiento y yo no puedo moverme, no puedo reaccionar. Solo escucho a mi mamá llorar y a mis hermanos consolarla. Solo puedo ver que empiezan a llamar a la funeraria porque hay que enterrarlo pronto. Sigo sin poder reaccionar. Se había ido para siempre, sin previo aviso, sin decir adiós, solo con el único encargo que le hizo a mi hermana: “¡Cuiden a su mamá!”.

—¡Papa, por favor no vaya a sentir miedo! Se va ir al hospital para mejorar —alcancé a decirle tres días antes.

—¡No te preocupés! —me respondió como siempre—. Yo nunca le he tenido miedo a los hospitales.


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Era el primer pico de la pandemia. Nadie sabía cómo era tener COVID-19, qué se sentía y qué era pasar por un copado hospital público. La emergencia del Hospital Roosevelt, a la que llegó mi papá esa tarde, estaba saturada. Entre súplicas, mi hermana alcanzó un lugar en una banca para que le pusieran oxígeno. Los tanques eran insuficientes.

Todos, incluido mi papá, se quedaban para esperar una cama.

Dos semanas antes, sin saber, me había dado el último abrazo de cumpleaños. Ese fue el último día en el que mi papá me abrazó y me dijo como todos los años: “¡Nena, feliz cumpleaños!”. A las dos semanas, la fiebre era incontrolable, y dos días después era necesaria la asistencia hospitalaria.

Solo recuerdo correr de un lado a otro ese día en la casa, con mascarilla para ingresar al cuarto en el que estaba aislado. Controlar el azúcar, que con la fiebre subía a cada hora, inyectarle insulina y medir el oxígeno. Mientras estaba recostado en la cama pidió ver un partido de futbol. No sé quiénes jugaban. Mi papá podía ver cualquier partido; no importaba que fuera el mismo una y otra vez. Es la última imagen que tengo de él.

—Para todo hay solución, menos para la muerte… —solía decirme.

En mitad de mi inmóvil reacción estaba la imagen de mi papá viendo su partido de futbol a pesar de la fiebre y su bajo oxígeno. Desarmada, decepcionada y cansada, en el momento en que sabía que no lo vería más no tuve el control de lo que ocurría. Solo recordé esa frase que él repetía muchas veces: “Para todo hay solución, menos para la muerte…”.


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Sin adiós

Mi padre subió esa tarde a la ambulancia y yo no le dije adiós. Solo vi cómo se subió en aquel vehículo tipo pánel con insignias de los Bomberos Voluntarios. Se fue en pijama, caminó y no hubo marcha atrás.

¿Cómo llegó la pandemia a mi casa? Como llegó a muchas otras. En un descuido, alguien se quitó la mascarilla y habló con alguien asintómatico. Es la única explicación que tengo hasta hoy.

Mi padre iba en aquella ambulancia esa tarde mientras Édgar, con quien un día habíamos decidido envejecer juntos, estaba en el hospital de La Antigua, diagnosticado también con SARS-CoV-2.

Una semana antes, una tos y una fiebre muy alta lo tenían en la cama sin el vigor que lo caracterizaba. Antes de este cuadro clínico habíamos ido al médico; la receta era un jarabe y un antibiótico. En junio de 2020, pocos médicos mandaban a hacer el hisopado. Nadie sospechaba que podía estar contagiado. Ese médico me aseguró que los pulmones estaban bien; no sospechó de una severa neumonía.

En mi vasta ignorancia pensé que una fuerte tos estaba por calmarse, que continuaríamos con nuestras vidas y que nada pasaría. Las fiebres altas no cedían. Édgar había estudiado Derecho, pero antes de eso se graduó de bachiller en Enfermería.

—Usted puede. Si puede con otras cosas, puede inyectar —me dijo ese día.

¿Quién llega a inyectar en mitad de una pandemia? Nadie. Había dos caminos: o meter mal una aguja o inyectar el medicamento y esperar que la fiebre y la tos cedieran.

Aquella promesa etérea de mantenernos juntos en la pobreza o en la riqueza, en la salud y en la enfermedad, era una sentencia que se cumplía a cada minuto que pasaba y no había dudas.

La mañana del 18 de junio llamé a todos los hospitales privados; ninguno hacía revisiones si la enfermedad era respiratoria. Una noche antes, el aire le faltaba; no tenía idea de que la saturación de oxígeno bajaba. Pocos tenían la asistencia para la sospecha de contagio.

En el carro le miraba de reojo desfallecer. Solo alcanzaba a decirle: “¿Estás bien? Ya vamos a llegar y te van a revisar”. En ese lugar lo recibieron. Estuvimos toda la mañana esperando que le hicieran pruebas, incluida la de COVID-19.

El día parecía que se angustiaba junto conmigo: con el paso de las horas se tornaba gris, hasta que, igual que yo, rompió en llanto después de escuchar al médico internista confirmarme el resultado.

Un vacío, mil preguntas y una búsqueda de soluciones estallaron en un minuto, seguido de un sentimiento de humillación y desprecio después de escuchar: “Necesita intensivo; búsquele hospital, porque no creo que usted tenga Q20 mil diarios para una hospitalización. Eso cuesta aquí”. No respondí; fue una de esas pocas veces que no pude responder.

La soledad

“Me voy a quedar sola con el niño”, pensé. Es lo que recuerdo que le escribí a mis hermanos en el chat familiar. Y a mi amiga solo le alcancé a decir: “Se va a morir”.

El depósito de lágrimas que tenía para las situaciones tristes empezó a fluir confundiéndose entre los goterones gruesos que caían en aquel patio del hospital.

Pero en esta profesión nunca se está solo. Mis compañeros de trabajo y amigos me escribían; hacían llamadas junto conmigo buscando un hospital. Fue uno de los días en los que el sistema de salud del país estuvo más saturado.

Mientras a mí me ayudaban a buscar un hospital, los amigos de Édgar buscaban una ambulancia para trasladarlo. Los bomberos no trasladaban si no se tenía un lugar seguro a donde llevarlo, pero el hospital podía aparecer en cuestión de minutos.

Entré a verlo. Tenía puesta una mascarilla con oxígeno de reservorio. Le conté lo que todos nuestros amigos hacían por nosotros. Salí de nuevo a la recepción. Miraba el teléfono para saber si teníamos hospital y ambulancia. La enfermera de la recepción me decía: “Coma algo; usted ha estado aquí todo el día”. Tenía sintonizado un noticiero en la radio: el locutor confirmaba el número de casos del día y la saturación de hospitales.


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Sin nada

Édgar amaba mucho este país. Siempre atribuí ese amor ciego a su formación militar, por la que discutimos durante varios años. Este país, que carece de la asistencia necesaria, no tenía ni siquiera un oxímetro esa noche en el Hospital Pedro de Bethancourt, en La Antigua Guatemala. Eso me dijo el médico que lo recibió después de muchas súplicas.

El área COVID en este hospital eran tres carpas. Las personas esperaban en sillas o en el suelo. Los médicos corrían de un lado a otro. Los enfermeros se acercaban a la recepción a notificar sobre los fallecidos. Ha sido la noche más larga para mí en una emergencia de un hospital. Fue la última noche que su mano sostuvo la mía y nos despedimos.

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Un mismo camino

Con 10 días de diferencia dejaron de existir. Mi papá en el Hospital Roosevelt había pasado 48 horas esperando una cama, y así murió, en un pasillo sobre una camilla. El informe médico dice que murió por una hipoxia severa.

En este caótico país con pocas oportunidades logró educar a cuatro hijos, de los que siempre presumió. Un arquitecto, un administrador, una maestra de Letras y una periodista, la que seguramente le causó más angustias por la naturaleza del trabajo; con los años se acostumbró a mis ausencias y a mis llegadas tarde. La pandemia ni siquiera me permitió despedirme de él en su funeral. No me permitió agradecerle por tanto sacrificio.

Solo me acompañó aquel silencio en la casa mientras mis hermanos y mi mamá fueron a su funeral. La cuarentena y Javier no me dejaron salir. En el segundo funeral, el silencio fue breve después de la llamada del enfermero de turno confirmando que un paro respiratorio había terminado con la vida de Édgar. Llegué esa mañana al hospital, elegí un ataúd y fuimos al cementerio de su natal San Mateo Milpas Altas. Allí, acompañado de su montaña que tanto amó, descansa en silencio.

El asesino invisible, en el que muchos no creen, terminaba con la vida de mi esposo después de haber terminado con la de mi papá. Un día antes de su partida, Édgar me había escrito pidiendo ansiolíticos. La médica que me atendió al teléfono me dijo que no eran necesarios. Siempre tendré la duda de qué pasó esa tarde en aquel hospital, cuál fue la conversación que escuchó de los médicos, por qué me pedía ese medicamento con angustia y desesperación. La mañana del 7 de julio a las 10:30 dejó de respirar; tres horas antes me había escrito para decirme que todo estaba bien, pero su corazón no opinaba lo mismo. Se fue en ese viaje no planeado.

Sus caminos volvieron a coincidir, ahora en la eternidad. Su último recuerdo es de una conversación en la que Santiago (mi papá) y Édgar compartían sobre sus duras infancias, pero ellos habían logrado romper círculos. Trabajaron duro por este país que no les permitió sobrevivir a esta peste.

El enojo me acompaña más que la tristeza. Estoy segura de que la muerte es una señora que nos acompañará a todos en cualquier momento. El momento no es elegible, pero en un país en el que en el segundo año de pandemia hay casi 50 muertes diarias y sin vacunas, la oportunidad para verla de frente es muy cercana.

Javier, mi hijo de 9 años, se ha quedado sin sus dos papás. El suéter de su abuelo lo hace sentir cercano a él y la foto de su papá testifica sus hazañas diarias.

“Sea fuerte por el niño”, me dijeron todos. Si supieran que él es fuerte por mí, que en los momentos de más desconexión llega él y vuelve a unir las piezas.

Armar rompecabezas es uno de sus pasatiempos favoritos. Él es la pieza que sostiene los pedazos de vida que recogí.