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Es la integrante más joven de la directiva del sistema de salud y se enfrenta diariamente a las dificultades de una pandemia, entre el desorden y la carencia que existen en el país. Un año atrás transformó su vida familiar y cotidiana para dedicarse al sistema de salud las 24 horas del día. Esta es su historia.

Evelin Vásquez / elPeriódico

Dania Hernández es una pediatra neonatal que no imaginaba estar al frente del primer hospital temporal en el país dedicado a asistir a pacientes de COVID-19. Tampoco planeaba llevar en sus hombros la carga laboral y emocional del personal de Salud, que atravesó lo desconocido al enfrentarse a la nueva enfermedad.

La encargada del Hospital Temporal del Parque de la Industria tiene 36 años; nació y creció en la ciudad Guatemala. Es risueña y su sonrisa sonora se filtra por su mascarilla cuando sus ojos se entrecierran. A veces, esa misma expresión demuestra que está nerviosa. La sombra debajo de sus ojos cafés delatan su cansancio; lleva más de 15 meses sin descansar un solo día.

Su vida se transformó para estar pendiente al cien por ciento del funcionamiento del Hospital Temporal del Parque de la Industria. Tomó decisiones fuertes que la distanciaron de su familia, sus amigos y su pasión por la atención pediátrica y neonatal, por la que cada vez que la menciona suspira de melancolía por dejarla a un lado en esta etapa de su vida.

El día que cambió todo fue la tarde del sábado 21 de marzo de 2020, cuando el entonces ministro de Salud, Hugo Monroy, la llamó para convertirla en la directora general del centro asistencial. Le pidió instalar el hospital temporal en tiempo récord y con pocos recursos.

“Vine y nadie lo quería hacer. ¡Esa es la verdad! No había muchas personas y existía mucho temor. Pero aquí estuve y empezamos a funcionar en una semana”, relata.


Un círculo vicioso llamado Guatemala

Comenzar un centro asistencial desde cero no fue sencillo, en especial cuando no se cuenta con la independencia de administrar los recursos económicos de acuerdo con las necesidades del hospital, los pacientes y del personal de Salud. Estar ahí era depender de burocracias y jerarquías para Dania.

Pero aquella no era la primera vez que se enfrentaba a la precariedad. En 2008, en el primer año de su Ejercicio Profesional Supervisado (EPS) para graduarse como médica y cirujana, viajó a Baja Verapaz y se enfrentó con la realidad del sistema de salud nacional: su estancia en Salamá le mostró que la principal limitación en el país es brindarle a la población servicios de salud de calidad por la falta de insumos, medicamentos y especialistas.

Lo mismo sucedió en el EPS para graduarse como pediatra en San Cristóbal Verapaz, Alta Verapaz, donde empezó, con algunas donaciones, un área de pediatría en el Centro de Atención Integral Materno Infantil, porque no existía la atención para bebés, niños y niñas en ese lugar.

La historia no cambió mucho 13 años después: tratando de colocarse más cómoda en su silla, haciéndose para atrás y componiendo su postura, Dania quiere minimizar el camino empedrado en el que se convirtieron los primeros días de la instalación del hospital temporal. Juega con los dedos de sus manos, los tensa y destensa una y otra vez, pero debe admitir que “no había nada” al inicio. Lo que llevaría meses, Dania lo hizo en semanas.

Recuerda recibir a los primeros pacientes sin baños, sin agua, con muy pocos recursos, en catres como camas y un miedo inmensurable por la enfermedad.

El Hospital Temporal del Parque de la Industria es un centro de atención que depende de las decisiones de las autoridades del Ministerio de Salud. Esto incluye la adquisición de insumos y la contratación de personal. La dependencia con la cartera ha provocado colapsos, al no contar con el personal de Salud suficiente y medicamentos necesarios para atender a pacientes moderados y graves por COVID-19.

“Nunca imaginé el tormento que iba a vivir. He estado destrozada y dañada, pero he tenido personas que me han apoyado. Cuando tomé la decisión no lo pensé tanto y creí que por ser una emergencia muchas personas iban a estar, pero no fue así”, dice Dania.

Esto solo fue el inicio de la gestión; en los siguientes meses, los problemas no cedieron.






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Un llanto silencioso

Para Dania estar al frente del hospital es recordar lo gratificante y lo difícil. La satisfacción de ver a los pacientes recuperarse de una enfermedad devastadora e impredecible, pero también los días que lloró, se frustró y agobió.

Su mirada se transforma cuando menciona el día en que los médicos decidieron no ingresar a atender pacientes. Sus ojos pierden la serenidad. Aprieta sus manos fuertemente. Se coloca erguida y se ajusta su bata blanca. Se echa para atrás, abre aún más los ojos y se arregla su mascarilla; lo que está a punto de decir ha sido el momento más complejo en su estadía en el hospital: con un tono de voz más grave, explica que después de dos meses de funcionamiento los doctores anunciaron que renunciarían por las carencias que existían en el hospital y la falta de pago de sus salarios.

Las lágrimas llegan a sus ojos y se ponen rojos al instante. Trata de contenerse y con un tono de dolor expone cómo ingresó un grupo de médicos junto a abogados, diputados y personal de la Procuraduría de los Derechos Humanos a su oficina sin ningún anuncio a solicitar que se cumpliera el pago por sus servicios profesionales.

La directora general estaba atada de manos, y repite varias veces que lo esperaba. “La situación se nos estaba yendo de las manos; yo no tenía el poder de las soluciones y ya no sabía a dónde más recurrir. Ellos tenían mucha razón en sus demandas, ¡pero teníamos a los pacientes dentro y necesitaban atención!”, relata evocando la tensión de aquel día.

Dania reconoce que tanto la gestión como la atención a pacientes de COVID-19 han sido desgastantes. El personal se frustra, el cansancio es interminable y las olas de contagio no ceden.

“¡Lloramos mucho; lloramos muchísimo! Es frustrante saber que no está en nuestras manos. A veces no podemos dar una respuesta inmediata como quisiéramos”, expresa preocupada por un país sumido en una tercera ola de contagios que no da tregua.

¿Pensó en retirarse? “No. No podíamos dejarlo tirado; si nadie lo quería, nadie asumiría la responsabilidad”. Dania se refugió en la oración, que fue su fuerza para continuar al frente del Hospital del Parque de la Industria.

Cada día, decenas de situaciones que debe resolver para atender a los pacientes y al personal de Salud retan a Dania: velar por el abastecimiento de insumos, gestionar el traslado de pacientes, atender al personal de Salud, guiar en la toma de decisiones para la recuperación de los pacientes y dirigir la morgue.

Esta carga laboral en medio de la crisis sanitaria ya dejó efectos físicos, emocionales y profesionales en ella.



Dani, las pastillas y el rechazo

Dedicarse a la gestión del hospital ha provocado rutinas en que se desconoce el transcurso de los días y las noches y ha significado horas sin dormir y comer para Dania. Las largas caminatas dentro del Parque de la Industria le han provocado días en los que termina con los dedos de los pies morados y lastimados por la rozadura de los zapatos.

“Creo que ya llegó el momento de parar. El cansancio ya es evidente y el impacto en mi salud ya es notorio”, comenta. Debido al estrés, la médica ha sumado a su rutina el consumo de algunos medicamentos.

Se abraza a sí misma, respira profundo y suelta una sonrisa. Con una voz dulce y alegre asegura que anhela tomarse un tiempo para ella, recuperar energías para continuar trabajando.

Además del impacto físico, Dania limitó su tiempo para estar con Dani, su hijo de 4 años, compartir junto a su esposo y visitar a sus padres. “No he visto a nadie en estos meses. El restringir mi tiempo en familia y personal es lo que más duele”, asegura.

Su familia ha estado junto a ella a la distancia, con palabras de aliento y gestos de motivación. Sin embargo, sucedió lo contrario con sus amistades. Muchos de ellos, al enterarse de que estaría a cargo del hospital temporal, dejaron de comunicarse con ella, desaparecieron y la rechazaron. Su círculo de amigos se redujo a tres personas, a quienes Dania considera su fortaleza.

El impacto económico y profesional también fue notorio al apartar su práctica privada profesional neonatal y no atender a bebés, niños y niñas. Los ginecólogos y médicos con los que mantenía una alianza dejaron de llamarla.

“El tiempo invertido para trabajar en este hospital representa el 99 por ciento de mi día. Ni siquiera en mi casa puedo estar tranquila”, reconoce.

Su trabajo también ha significado recibir mensajes de intimidación en su chat personal desde el inicio de la gestión del hospital, desde cuestionar su trabajo hasta tildarla de asesina.

A pesar de las dificultades, afirma que la medicina es su verdadera pasión y no dejaría de trabajar en ello desde el área pública y privada.

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No hay otra carrera

Para Dania no existió otra profesión que ser médica desde los 8 años. Recuerda que fue una decisión firme desde que tiene memoria, aunque su familia creía que cambiaría de opinión.

Sus padres, Blanqui y René, son comerciantes. Nadie cercano, como sus abuelos, tíos o primos, se dedicó a la ciencia. Ella era la primera en la familia, lo que luego sirvió de inspiración para que su hermana estudiara veterinaria.

Nunca perdió el interés; al contrario, creció y se interesó más por la medicina. Cuando cumplió 12 años, su papá decidió abrir una cuenta de ahorro para que ella tomara su carrera universitaria al cien por ciento. Estudió un bachillerato en Ciencias y Letras que le abrió las puertas para ingresar a la Universidad de San Carlos de Guatemala.

Con orgullo menciona: “Soy carné 2003; tenía 18 años”. Dania fue una de las 300 seleccionadas entre miles de estudiantes que aplicaron ese año. Se dedicó a su carrera por completo y cerró siete años después como médica y cirujana.

Pero su verdadera vocación fue ingresar a la residencia de pediatría en el Hospital Roosevelt. Cuando habla sobre ello, sus ojos se iluminan y adquieren un brillo especial. La atención a recién nacidos la cautivó y siguió estudiando la especialidad de neonatología.

“Miro el tiempo atrás y si no fuera doctora no sé qué sería. Nunca tuve otra opción de estudios”.

A los 30 años, Dania cerró su carrera profesional con dos especializaciones. Sus metas eran dedicarse por completo a la atención neonatal. El destino le trajo un camino distinto, que fue convertirse en la mujer que dirige el Hospital Temporal del Parque de la Industria en medio de una pandemia.

No se arrepiente de nada. Asegura con firmeza que la gestión y dirección en el área pública le ha dejado grandes gratificaciones, aunque nunca descartará regresar a su especialidad. Su mayor sueño es dedicarse de nuevo a lo que tanto estudió y cree que es indispensable para mejorar la salud de la población.

Tras un sueño…

Sus aspiraciones en el Parque de la Industria son fuertes; desea fortalecer el centro asistencial con los retos que implica. Reconoce que hay mucho trabajo por hacer y cree que se necesita de médicos jóvenes que lleven el control para hacer un verdadero cambio en la gestión de salud.

Regresa en el tiempo y recuerda cuando tuvo la oportunidad de llegar al Hospital de Villa Nueva con la ilusión de formar un área especial de atención pediátrica y neonatal. Mientras habla de ello, abre sus brazos, como si quisiera alcanzar ese sueño que se derrumbó.

Con el reconocimiento del primer paciente de COVID-19, todo se transformó para ella. Tuvo que dejar su bata para usar un traje de protección, careta, doble mascarilla y dos pares de guantes, y cambió el intensivo pediátrico para atender un virus casi impredecible. Sin embargo, reitera que regresar a ser pediatra es lo que más desea en sus siguientes pasos profesionales.

“Es mi principal motivación. No sé qué me deparará el futuro en la rama de la salud o en la rama de la gestión, pero obviamente si pudiera estaría atendiendo a recién nacidos y a pacientes pediátricos; esa es mi pasión”, dice con la ilusión de quien espera que, tarde o temprano, el virus ceda y todo vuelva a un estado de calma.