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Taxisco, Santa Rosa | Texto. Juan Diego Godoy, Audiovisuales: Pavel Tuc y José Alvizures, Montaje: Irasema Méndez



En Taxisco es pecado pronunciar la X. “Se dice tasisco, con S, sin X”, afirma un conductor de tuc tuc, un tanto molesto porque se pronuncie mal el nombre de su pueblo, que sobre todo fue “el pueblo del Doctor”. Y es que Taxisco no existe sin la figura del expresidente Juan José Arévalo. Si bien fue fundada poco más de cien años antes del nacimiento de su protagonista –en 1848–, no nació de verdad hasta que su hijo predilecto vio la luz, un 10 de septiembre de 1904.

El expresidente –que durante su mandato entre 1945 y 1950 logró muchas reformas pedagógicas vitales, sustentadas por su formación de maestro y filósofo, e impulsó la creación de instituciones de salud, educación y cultura que hasta la fecha siguen en pie, entre otros logros– en su natal Taxisco es simplemente “el Doctor”. Así lo conocen por las calles y plazas de Taxisco. Arévalo no es Arévalo, ni el expresidente, ni el líder de la Primavera Guatemalteca, ni el político, nada de eso. Es una especie de vecino que dejó huella, de figura aspiracional, de orgullo aldeano. “Arévalo, con sus luchas políticas y vocación por la docencia, nos refuerza la idea de que está presente y aún no ha sido superado en el ámbito de su pensamiento educativo y político”, explica el historiador, profesor y escritor Olmedo España, un estudioso de la vida de Arévalo, sobre porqué su figura es tan importante dentro de la idiosincrasia guatemalteca.


Migajas del expresidente

Pero para tan emblemática figura, en realidad hay poca representación. “Arévalo escribió mucho. De sus orígenes está su libro Memorias de Aldea, que narra un Taxisco que ya no existe tal y como lo describe el autor, de una manera llena de reminiscencias. De las fiestas, de los amores, de su familia, de las calles solariegas en dónde se escuchaba el eco de los pasos de las personas al caminar o el trotar de los caballos. Es un libro lleno de recuerdos que nos pinta las costumbres, paisaje y creencias de un pueblo con calor humano”, subraya España y lleva razón. Cuesta encontrar las huellas que dejó Arévalo en un Taxisco que ha crecido como cualquier otro pueblo del país: a la ligera, sin planificación urbana ni formación cultural.

Hay que preguntar mucho para poder encontrar alguna pista de Arévalo. Por ejemplo, la pila bautismal en la que fue bautizado un 26 de septiembre de 1904, se encuentra en total abandono, en uno de los patios de la Parroquia San Miguel de Taxisco, construida en 1678. José Luis Marroquín, el guardián de la iglesia, se extraña por la pregunta. “¿Dicen que quiere ver la pila bautismal de Arévalo? ¿Pero por qué?”, repregunta. Luego se encoge en hombros y se dirige hacia el patio derecho. Ahí, en una esquina, está la pequeña construcción de piedra gris que hace más de un siglo fue una pila bautismal. Ahora está en desuso. Marroquín retira, con un poco de pena, algo de basura que hay encima. Abajo, hay una placa nada legible. Dice algo así como: “En esta fila fue bautizado el hijo predilecto de este pueblo”. La placa fue donada por las Santas Misiones Populares el 15 de agosto de 2012.


Otro de los vestigios de Arévalo está en el parque central. Para verlo, hay que usar la imaginación, porque no hay nada más que un espacio vacío. Bajo un techo que simula un templo griego sostenido por unas columnas, había una escultura del expresidente. Pero el descuido, desinterés y el tiempo, se encargaron de destruirla. “Llegó un punto en el que nadie, solo los viejos, sabía qué era ese montón de piedra. Entonces hace unos cinco años lo quitaron y ahora no hay nada ahí”, explica Carmen, una anciana que se ha instalado en una de las esquinas del parque a vender comida. Ahora, un busto dorado de Arévalo adorna una de las entradas al Palacio Municipal de Taxisco. Una placa lo define como “taxisteco”, el gentilicio de la ciudad.

Hay quienes dicen que el monumento solo era una piedra tallada y le restan importancia. ¿Pero cómo recuerdan los pueblos a sus figuras? El historiador se decanta por el monumento, entre otras cosas. “Los monumentos son expresiones del devenir histórico de una sociedad. Cada momento en atención a su valoración construye imágenes de sus propios íconos como referentes culturales. El respeto y la tolerancia es lo que debe existir para guardar en la memoria de la ciudadanía, los laberintos de la historia”, explica y sugiere que los monumentos deben existir, al margen que se comparta o no lo que representan determinadas imágenes. “O sea, esto debe de desideoligarzarse, para que perdure la cultura e identidad de una nación”, subraya.

La curiosa Casa Arévalo

Una de las huellas más fuertes de Arévalo en su ciudad natal es su casa. Sobre la séptima calle hay una casona de dos niveles, de arquitectura Art Déco y construida en 1947 que sobresale de todas las demás. “Esa era la casa del doctor. Ahí atendía a todo el mundo que lo visitaba”, cuenta Lalo, que atiende una tienda de barrio justo enfrente de la puerta principal de la casona, que luce sin mucho ánimo unas placas que explican que esa fue la residencia del expresidente. Bernardo Arévalo, uno de los hijos del expresidente, la recuerda con nostalgia. “Mi padre pasaba ahí sus fines de semana. Y cuando murió, todavía mi madre la visitaba de vez en cuando. Por razones de salud, ella dejó de ir y la mayoría de los hijos hemos estado entrando y saliendo del país durante estos años, y no hemos podido hacernos cargo de la casa”, explica el hijo de Arévalo.



La casa, por fuera, se ve en un completo abandono. Las paredes sucias. La pintura, que en sus mejores momentos hacía que la casa luciera color crema con acabados rosa, es casi inexistente. No hay movimiento ni luz adentro. “Los verdaderos dueños la vendieron hace unos años”, asegura Lalo. Bernardo lo confirma. “No teníamos disposición económica para mantenerla, pues implica elevados costos de mantenimiento, tomando en cuenta que es una casa muy grande. Por eso decidimos venderla”, explica.

Pero el viejo refrán se cumple en esta casa: no hay que juzgar un libro solo por su portada. Si bien por afuera la casa está descuidada, por dentro está impecable. Un grupo de constructores trabaja todos los días para recuperar esta joya histórica. El matrimonio conformado por María Estela Cruz y Juan Carlos Samayoa, conocidos empresarios de Taxisco, compró la casa hace dos años y explica que están reparando sus interiores, poco a poco, para poder hacerla habitable de nuevo, pues se encontraba en total abandono cuando les fue vendida.

Sin embargo, que llegara a manos del matrimonio Samayoa Cruz, no era el plan original de los Arévalo. Entre 2013 y 2015, la familia Arévalo intentó donarla a la Municipalidad de Taxisco. “Le dijimos a las autoridades que estábamos dispuestos a donarla a la Municipalidad bajo la condición de que la casa sirviera como una casa de la cultura, con un museo y aulas para enseñar música, arte, idiomas. Queríamos que fuera la primera casa de la cultura con un presupuesto para mantenerla”, cuenta Bernardo. Pero no se logró. La Municipalidad no consiguió el presupuesto ni se interesó en la casa bajo las condiciones de los Arévalo, y el proyecto cayó. “Entonces decidimos venderla a alguien que por lo menos prometiera mantenerla y cuidarla. Y se la vendimos al matrimonio Samayoa, amigos de la familia que prometió restaurarla”, explica Bernardo.


“La casa es nuestra, pero tenemos varias ideas para abrir algunas zonas al público. Hemos pensado recuperar el archivo fotográfico del doctor, que está en la Antigua, para poder abrir una especie de museo en la planta inferior”, explica María Estela mientras recorre los amplios pasillos de la casa. Las paredes lucen blancas, pulcras. Las puertas originales han sido barnizadas y electricistas trabajan en todo el sistema eléctrico. “Se trabaja con mucho cuidado para respetar la casa, que es bastante antigua”, subraya la dueña y se excusa al ver la fachada: “Esta será la última parte que repararemos”.

Además de la casa, los dueños quieren que la apertura del pequeño museo y la remodelación de la fachada sirvan para revalorizar la zona. “Quiero que esta calle se convierta en un punto de encuentro social y cultural. Que sea cien por ciento peatonal, con árboles, faroles, comercios y restaurantes para incentivar el turismo y la memoria del expresidente”, explica la dueña, con ojos soñadores. A Bernardo le agrada la idea. “Nosotros hemos dejado la biblioteca y el archivo histórico y fotográfico de mi padre a cargo de la Biblioteca Nacional y del Centro de Investigaciones Regionales de Mesoamerica (CIRMA), para que esté abierto para todos, sobre todo investigadores, historiadores y académicos. Pero en realidad me gustaría que en algún momento los archivos y la biblioteca de mi padre pudieran estar reunidos en un solo espacio, por ejemplo, en esa casa, para ser objeto de consulta y para promover la educación, la democracia y la justicia. Pero no tenemos fondos. Necesitamos ayuda estatal o de un fondo dedicado a esto”, admite el hijo del expresidente.




¿Podría Taxisco convertirse en un destino cultural e histórico que cuente los relatos que surgieron en torno a la Revolución de Octubre? ¿Podría Taxisco ser una especie de génesis cultural que narre, a través de la vida de su hijo predilecto, uno de los tiempos más convulsos, esperanzadores, patriotas y polémicos de la historia del país? Quizás. Hace falta querer. “Taxisco se puede convertir en un espacio turístico por su naturaleza, por sus costumbres y porque la figura señera de Juan José Arévalo sea un referente moral que contribuya a fortalecer la ciudadanía participativa”, admite España. “El problema con nosotros (Guatemala) es que vivimos a la espalda de la Historia. Países como Chile, Argentina o México tienen un sentido de la historia muy fuerte con un esfuerzo consiente de parte del estado para rescatar los personajes históricos que impulsaron valores útiles para la nación. Aquí no hay un esfuerzo estatal por el rescate de los valores y la historia que encarnan estos personajes”, subraya Bernardo, con tristeza.


Descansar en paz

Hay calma en el cementerio de Taxisco. A aquel colorido lugar no entra el bullicio del pueblo, ni en día de mercado. El sol sigue pegando fuerte, pues a penas son las 5 de la tarde cuando el camposanto cierra sus puertas. No se permiten más visitas hasta el día siguiente. Rigoberto López, el guardián del cementerio, espera sentado en el zaguán, mientras salen los últimos visitantes. Arriba, en el techo, pintadas sobre un fondo blanco, se lucen unas letras negras que rezan: “Mansión de la verdad es la que miras, no desoigas la voz del que te advierte porque todo es ilusión menos la muerte”. Abajo, en la tierra, justo al fondo del terreno en línea recta con la entrada donde espera López, están los restos de Arévalo.

El mausoleo de la familia Arévalo Bermejo fue, alguna vez, amarillo. Hoy luce entre negro, gris y blanco: negro por el moho que ha ido colonizando el espacio; gris, por la pintura amarilla extinta que deja ver el color natural de los bloques con los que se construyó el mausoleo; y blanco por las placas conmemorativas que diversos grupos han ido colocando en honor al expresidente y líder de la efímera Primavera Guatemalteca del siglo pasado. Las placas blancas son varias. Una, por parte dela Asociación Escuintleca de Jubilados. Otra, del Instituto Privado de Ciencias y Letras. Un par más con extensos mensajes de aprecio y admiración, pero sin firmar. “Amó a su pueblo y gobernó para servirlo (...) tuvo fe en el prójimo y educó con el ejemplo (...) vivió una vida plena con honradez, dignidad y sencillez”, reza una de ellas.


En la placa principal del mausoleo, además del nombre del expresidente, su fecha de nacimiento (10 de septiembre de 1904) y de fallecimiento (7 de octubre de 1990), se lucen una serie de adjetivos: “Maestro, Humanista, Estadista”. “Es todo lo que fue, en resumen”, agrega Valeria, una mujer que ha conseguido permanecer dentro del cementerio más allá de las cinco de la tarde y que limpia todos los días el mausoleo de su familia y “el del Doctor”. Rompe el silencio sepulcral con su escoba de paja. Dice que prefiere hacer limpieza por las tardes porque en las mañanas, suele haber muchos grupos en la tumba. “Lo visitan colegios con estudiantes de todos partes: Quetzaltenango, Santa Rosa, Guatemala. Los de Escuintla vienen siempre en julio”, asegura Valeria al son de escobazos. “Los que no he visto y casi no vienen son sus familiares”, apunta. “Yo intento ir unas cuatro veces al año. Mis hermanos, cuando vienen al país, también van de visita. Mi madre ya es muy grande, tiene 96 años y ya no puede viajar esas distancias. Pero el mausoleo no está en abandono. Cada año lo reparamos y pintamos. El deseo de mi padre es yacer ahí, en Taxisco y respetaremos su voluntad”, aclara Bernardo.

Una de las placas anónimas que también adorna el mausoleo cuenta que “falleció rodeado del amor y gratitud de un pueblo en el que su recuerdo vivirá eternamente”. ¿Vive aún el recuerdo de Arévalo? En Taxisco, su pueblo natal, sí. O sobrevive, al menos.