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Ciudad de Quetzaltenango | Texto: Juan Diego Godoy / Audiovisuales: José Alvizures y Pavel Tuc / Montaje: Irasema Méndez



En una de las esquinas del centro histórico de la ciudad de la luna, se erige una construcción de piedra café y triste que a veces se camufla con otras de las impresionantes edificaciones que adornan el parque, como la catedral, el Museo de Historia, el Pasaje Enríquez, el edificio municipal o el siempre rosa, Edificio Rivera. Se camufla, hasta que se conoce su historia. Una que grita drama, religión, persecución, belleza y cultura. Hoy, Casa No’j es uno de los centros culturales más relevantes del departamento, pero ayer, dentro de sus paredes, rezó una monja beata, mandó un dictador y cumplieron órdenes hombres en uniformes. Fue habitada por policías, religiosos, presidentes y artistas. Eso sí, los huéspedes que nunca se han ido han sido los fantasmas.

Édgar López es el coordinador del Centro Cultural Casa No’j y mantiene las puertas del lugar muy abiertas. “Antes siempre estuvieron cerradas, pero hoy es una casa del pueblo, una cuna del arte, un punto de reunión. Permanecerán abiertas mientras así sea”, asegura López, mientras recorre los pasillos de madera de la casona vieja, pero no silenciosa. Al centro, en un jardín, conviven una fuente colonial y un grupo de turistas. En los pasillos, se cruzan personal municipal, periodistas, artistas que buscan exponer sus obras en las múltiples salas y hasta enfermeras, pues uno de los salones sirve al día de hoy como centro de vacunación contra el covid-19. La casa es símbolo de diversidad, dinamismo y energía. Pero no siempre fue así.


Según dan cuenta archivos históricos, la historia del lugar comienza en el siglo XIX cuando fue entronizado el Convento de Belén. Allí pasó sus primeros días como religiosa la monja María Vicenta Rosal Vásquez, más conocida como beata Sor Encarnación Rosal, toda una celebridad católica en Sudamérica. Pero la mano liberal de Justo Rufino Barrios, tras la Revolución de 1871, clausuró el convento. Expulsados del país, los religiosos fueron forzados a migrar fuera de Guatemala. Sor Encarnación llega hasta Perú, donde hizo su vida, murió y dejó huella. “La beata nació aquí en Quetzaltenango en 1820, pero es venerada sobre todo en Perú y Ecuador”, recalca López.


De convento a palacio

“Y entonces, Manuel Estrada Cabrera se hizo con las instalaciones. ¿Cómo fue el proceso? Se desconoce, claro”, señala el coordinador, entre risas. En crónicas y archivos históricos atribuidos al gestor cultural y antiguo director de la institución, Branly López Queme, se detalla que “Estrada Cabrera compró buena parte del terreno y principió a construir, a finales del siglo XIX, lo que se denominó Palacio Estrada Cabrera; y una hermosa casa en la otra mitad de la manzana”.



Lo que si se sabe, es que el dictador (quetzalteco de nacimiento) ocupó la casa justo antes de llegar al poder y la reformó para poder competir en belleza y elegancia con otras casas de la ciudad. “Este edificio es una competencia directa entre Cabrera con la casa de los Aparicio”, indica López.

La Casa Aparicio, que ahora es la Gobernación Departamental, era una de las haciendas más emblemáticas de aquellos tiempos. El patriarca de la familia, Manuel Aparicio Martínez se asentó en la ciudad a finales del siglo XVIII y es conocido por ser uno de los gestores del Sexto Estado de Los Altos. Además de ser un acaudalado comerciante, también tuvo su faceta política, pues fue alcalde de Quetzaltenango.


Image One museo
Image Two casa No'j

Pero la pugna entre Estrada Cabrera y los Aparicio va más allá de las bonitas construcciones. “Para Estrada Cabrera el levantamiento de esta casa, que arquitectónicamente se parece mucho a la de los Aparicio, era una señal de venganza. Se cuenta que su madre, Josefina, había trabajado como cocinera para ellos y que era humillada constantemente”, sugiere López. Ambas casas comparten influencias arquitectónicas italianas y belgas, así como interiores espaciosos, gradas en forma de caracol y amplios corredores.

En 1902, los Aparicio abandonaron Quetzaltenango. Estrada Cabrera ya era presidente del país. “El ganador fue, claramente, el dictador”, aventura el coordinador.

Y el dictador no solo ganó esa batalla con los Aparicio. También sumó muchos corazones quetzaltecos para honrar su memoria. La figura del dictador es, a diferencia de cómo lo perciben los capitalinos y los guatemaltecos de Oriente, hasta “venerable”. “El pueblo adora a Estrada Cabrera, desde nuestros abuelos. Se ha hablado mucho de él y se le critica en Guatemala, pero aquí se le adora. Es exalcalde de la ciudad, autor del Instituto Normal para Varones de Occidente, del Instituto Normal de Señoritas de Occidente, Ferrocarril de los Altos, Templo a Minerva y más. Estrada Carbera es hijo predilecto de Quetzaltenango”, afirma el historiador Francisco Cajas Ovando.



Buscando el No’j

Tras la caída de Estrada Cabrera, la casa sufre destinos camaleónicos. Pasa a servir como oficinas departamentales, luego como estación de la policía y finalmente, durante el gobierno de Vinicio Cerezo (1985-1990), las instalaciones pasan a la Municipalidad de Quetzaltenango y bajo el mando del maestro visual Rafael Mora, para reformarlas y utilizarlas como un espacio cultural. “Con fondos de la Cooperación Española se remodela el edificio y llega a ser lo que hoy estamos viendo, que es productos de insignes académicos y artistas”, explica López. Sin embargo, archivos históricos dan cuenta de que no fue hasta 2006 cuando por intermedio del concejal de Cultura, Carlos Pereira Gálvez, se instauró la casa como el centro cultural que perdura hasta hoy.


“Es así como lo que fuera la casa de un dictador se convirtió en la casa del pensamiento en febrero del 2008 (...) Casa No’j ha desarrollado diferentes actividades artístico-culturales y poco a poco se ha convertido en un referente cultural y en una experiencia de buenas prácticas de descentralización, autonomía y participación ciudadana, en el país y en Centroamérica”, describe Queme.

¿Por qué Casa No’j? La explicación está en las raíces ancestrales de Quetzaltenango. “No’j viene del nahual mayas que significa sabiduría en idioma quiché. Y esa es la finalidad, que este sea un lugar de sabiduría, un refugio para las artes y resguardo de la cultura”, apunta López. En su crónica, Queme escribe que la razón del nombre, además del nahual se debe a que “frente al edificio de Casa No’j y debajo del atrio de la catedral denominada del Espíritu Santo, se encuentra el altar mayor de los k’iche’, antiguamente conocido como Altar No’j”.



La dama de blanco y el señor de bigote

Pero como todo lugar en donde la historia ha dejado huella, en la Casa No’j habitan fantasmas. Se dice que en los pasillos hay quienes observan merodeando a un señor, elegantemente vestido y que luce un bigote espeso. “Si, ese dicen que es Estrada Cabrera. Hace poco se quedaban elementos municipales a resguardar el edificio. Ahora ya no se quedan porque los mismos policías se asustan. Ahora solo vienen a supervisar y se van”, indica López y luego señala el zaguán de la casa. “Ahí también se puede ver a una dama vestida de blanco. Hay quienes aseguran que se trata de Sor Encarnación”.

El periodista Eleázar Adolfo Molina, cofundador de Diario de Los Altos, describe ese y otros sucesos en las instalaciones. “Los agentes refieren que durante la noche y la madrugada se escuchan ruidos extraños dentro de la casa, además de pasos y voces en el segundo nivel. Incluso uno de ellos menciona que pudieron observar la figura de un anciano con bigote poblado y usando un traje de vestir muy fino y mencionan también la presencia de una mujer que camina dentro de los salones (...) y en varias ocasiones han encerrado a las secretarias de la casa dentro de los servicios”, escribe Molina en un artículo publicado en el diario en el que asegura que los testimonios recabados se basan en los diferentes relatos orales de diversos personajes que han laborado o visitado la Casa No`j durante varios años.


“Yo mismo he sido testigo de ruidos y sonidos que no pudieron haber sido el crujir de la madera, el viento o los animales. Hay sonidos que no tienen explicación lógica en el edificio”, subraya López, en línea con Molina.


Al fin y al cabo, una casa con más de cien años, no solo es propensa al ruido de la madera que cruje con el frío perenne de Xela sino que, posiblemente, también al ruido de los pasos de espíritus que hicieron de ese lugar su casa y su refugio y a los que la Historia hace homenaje cada vez que un nuevo visitante cruza el umbral de lo que fue un convento, un palacio, una comisaria, un centro cultural y, desde siempre, una joya histórica.