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Ciudad de Quetzaltenango | Texto: Juan Diego Godoy / Audiovisuales: José Alvizures y Pavel Tuc / Montaje: Irasema Méndez



En la casa de los Chávez había una bulla constante, de esas que emanan de los hogares con muchos hijos, como aquel, que sirvió también en aquellos tempranos años del siglo XX como la primera fábrica de chocolate de la ciudad de la luna, ubicada desde hace más de cien años justo en la esquina, sobre la octava avenida y cuarta calle del Centro Histórico. Y es que Quetzaltenango siempre ha sido una mezcla de eso; cerros, bajas temperaturas, niebla y viento inclementes, café de altura y, por supuesto, chocolate caliente. Eso le dijeron a Antonio Chávez Morfín el primer día que puso un pie en el departamento en donde encontró un refugio político, el amor en los ojos de una quetzalteca y su vocación: preparar el mejor chocolate de la ciudad.

A Raúl Izas Chávez, su nieto, le encanta contar la historia de su abuelo y de aquella fábrica de chocolate que, en realidad, no era una fábrica. “De fábrica no tenía ni el nombre, era una pequeña y humilde cocina, pero ese chocolate siempre fue estupendo”, aclara Izas, sonriente. “En 1897, mi abuelo emigró de México por razones políticas y llegó a Quetzaltenango. Aquí conoció a mi abuela, doña Aurora, y ya siendo novios, le pidió a su suegra que le diera un espacio en su cocina para poder hacer chocolate mientras ella no la usaba. Él traía esa tradición chocolatera desde Michoacán y pensó que era una manera de ganar dinero para poder casarse”, narra su nieto en uno de los pequeños salones de la casa de los Chávez, convertida hoy en un restaurante y museo popular. La suegra de Antonio aceptó y juntos comenzaron a producir chocolate en esa pequeña cocina. Además, también comienzan a hacer jaleas de manzana, manzanilla y membrillo y mermeladas variadas.


Teobromina y algo más

¿Por qué chocolate? La pregunta es, claramente, de alguien que no es quetzalteco. Porque dentro del departamento, todos saben que aquel manjar producto del cacao, además de ser un afrodisiaco, es una especie de oro café y patrimonio cultural. “El chocolate hace presencia en toda actividad política, religiosa y social desde finales del siglo XIX y es inherente en el altiplano. Cuando se hacían eventos importantes, había que presentar chocolate junto con el pan de yemas, por ejemplo. Si bien con el modernismo el chocolate ha ido perdiendo presencia frente a otros líquidos, como el café o las gaseosas, es todavía una bebida muy popular”, explica el nieto del chocolatero mientras llega a sus manos una taza de chocolate recién preparado.

Antonio Chávez se dio cuenta del protagonismo del chocolate e identifico una oportunidad. “Las mujeres chocolateras de la época hacían su chocolate para su propio consumo o el de sus familias. Imagínese, era muy raro tomar chocolate de otra familia o no hacer su propio chocolate. Pero esa fue la oportunidad que supo ver mi abuelo, pues como raramente se hacía chocolate para vender, usualmente escaseaba el producto para el público general. Tenía usted que tener su propia receta de chocolate y que su abuela, madre, mujer o hija la hiciera. De lo contrario, tenía que mendigar chocolate”, advierte Izas. Por esa razón, Chávez y su suegra comienzan a producir chocolate estrictamente para la venta; chocolate artesanal pero con un fin comercial. Y el negocio despega. “Compran esta casa de acá y hacen un local con vista a la calle para vender chocolate a cualquiera, fuera familiar, conocido, amigo o desconocido”.


Así, el 1 de octubre de 1900 se funda la primera fábrica de chocolate a la venta en esa misma casa que hoy, 122 años después, sigue en pie y funcionando. A la producción y venta de chocolate se irán sumando, poco a poco, cada uno de los 14 hijos e hijas del matrimonio Chávez. Y todos aprenderán la receta familiar. “Nuestro chocolate tiene un secreto: llevamos más de cien años aplicando menos azúcar en la mezcla; mucho menos que lo que originalmente se aplica, para que se sienta más el sabor de la teobromina del cacao”, apunta Izas y ante la pregunta de qué es la teobromina, sonríe con picardía y guiña el ojo. “La teobromina es el manjar de los dioses. En otras palabras, es lo que produce satisfacción al consumir chocolate. ¿Ha escuchado usted que el chocolate es el dulce del amor? Pues es gracias a la teobromina, que es lo más parecido a estar enamorado”.

Las señoritas Chávez

Si bien la tradición y costumbre de preparar el chocolate fue inculcada en todos los hijos del matrimonio Chávez, fueron las mujeres quienes le dieron vida. Así como las señoritas Gordillo de la Antigua se labraron su fama con sus dulces, las señoritas Chávez de Quetzaltenango lo hicieron con sus chocolates. “Mire, en ese tiempo, la televisión no existía entonces mis abuelos tienen 14 hijos. Los hombres conforme van creciendo se van a México a estudiar y ahí hacen su vida. Nunca regresan. Quedan aquí las 5 mujeres, las señoritas Chávez que eran muy guapas, tanto que por la ventana de este mismo salón, pasaban desfilando varios muchachos que tomaban esta ruta para querer ver a mis tías y, de paso, comprar chocolate”, recuerda Izas.

Además de preparar muy buen chocolate, la fama de las Chávez también respondía a una curiosa –y cuestionada, en aquella época– situación: todas eran solteras. Las primeras cuatro hermanas nunca se casaron, a pesar de su belleza y estatus. La razón hoy en día es conocida, aunque no celebrada, por la familia. “Simplemente, no las dejaron casarse. Para comprender la situación hay que ir a aquellos tiempos. Mi abuelo por cuestiones de la época no permitió que ninguna de sus hijas se casara hasta que se casara la mayor de todas”, explica Izas. Pero la hermana mayor, Beatriz, nunca se casó. “Vivía metida en la cocina, ayudando a mi abuela a producir el chocolate y decía que no tenía tiempo para citas”, señala Izas encogiéndose en hombros. Con la segunda hermana, Elena fue la misma historia y lo mismo ocurrió con Cristina y Guadalupe. Su soltería avivó su fama. Hasta que la menor rompió la tradición. “Berta mi madre, sí se casó, pero por una razón: mi abuelo murió y muerto el abuelo, muerta la regla. Entonces, a pesar de que sus hermanas mayores estaban solteras, ella era joven y se enamoró y casó con mi padre”.


Más allá del chocolate

Si bien la receta es antigua, el restaurante y museo Café La Luna tiene “apenas” 25 años. Pocos, si se compara con la tradición chocolatera de la familia. Pero un buen puñado de años, porque veinticinco no se cuentan fácil en el mundo de los negocios. Su fundador es el propio Izas, el nieto que ha continuado con el legado del primer chocolatero de Quetzaltenango.

Izas, además de ser empresario y dirigir el Café La Luna y haber abierto al público la cuna al culto del chocolate quetzalteco, es dramaturgo, actor, bombero, gestor y asesor cultural, y “orgullosamente masón”. Y como muestra, un prominente anillo de oro en su dedo angular de la mano izquierda. Pero sin duda, lo que más le apasiona, es seguir adelante con el negocio de su abuelo. Él también es chocolatero, pero uno propio de su época. Sabía que la pequeña cocina artesanal debía expandirse y que ya no bastaba con vender el chocolate. Debía crear una narrativa en torno a una taza de chocolate caliente, café, dulce y humeante. Tenía que innovar.


“A veces uno busca oro en otros lados cuando tiene petróleo en su propia casa. Eso me pasó a mí. Tenemos un producto estrella, nuestro chocolate, pero también tenemos una casa señorial de más de cien años con buena ubicación, historia y carisma. Pensé que quizás a la gente le gusta el chocolate, pero que también podría gustarles la experiencia de consumirlo aquí, en la cuna del chocolate. Y así nació la idea de este museo y restaurante”, explica Izas, mientras recorre con la mirada la casona de paredes amarillas.

Según el dueño, Café La Luna abrió en 1997 con apenas 6 mesas. “Cada una estaba decorada con historia: libros, periódicos, poemas, cultura. Así, mientras la gente era atendida, se culturizaba”. La idea gustó. Ahora, las decenas de mesas que adornas las salas del restaurante están tapizadas con recortes de periódicos, poemas y literatura nacional. Y no solo las mesas. También las paredes, que están repletas de objetos antiguos, libros, lámparas, ropa, sombreros, bicicletas, radios viejas.

“La historia de la decoración es curiosa. Yo tenía un negocio de mantenimiento de edificios y casas. Un día, terminando una obra en una casa del centro histórico, me pidieron los que me llevara esas porquerías para tirarlas al basurero”, explica Izas sonriente. Las “porquerías” no eran más que fotografías viejas, artefactos antiguos, medicinas viejas y discontinuadas, documentos, libros y una vitrola. “Yo no vi basura, ¡vi un gran tesoro! No pude tirarlas y las traje aquí y decidí exhibirlas como trofeos en las paredes. Y la idea desencadenó un efecto dominó”.


Poco a poco, los clientes de Café La Luna se fueron adueñando del proyecto y comenzaron a llevar reliquias al restaurante, para dejarlas allí y que adornaran las paredes. El lugar fue construyéndose poco a poco con fotografías de familiares y amigos, vitrolas y discos de acetato, radios y televisores antiguos. “Se vuelve esta en la catedral de la historia del quetzalteco de a pie”, apunta Izas.

Bien sabe Izas que además de prepararlo, el arte del chocolate está en tomarlo. Por eso, al finalizar la entrevista, aparecen como por arte de magia, tres tazas de chocolate recién preparado. Se sienta en una de las mesas del salón, tapizada con el recorte de un periódico que narra, curiosamente la tragedia del 27 de octubre de 1951 en Petén. Posa sus manos alrededor de la taza y contempla aquel oro marrón. Se lleva la taza a los labios y tras un ligero trago, sonríe. Se repasa los labios con la lengua y luego dice, con la certeza de quien conoce su producto, “más de cien años y seguimos haciendo el mejor chocolate de la región”. Los rostros de fotografías antiguas que cuelgan en el salón y de artefactos sin dueño y sus clientes lo comprueban desde las mesas, mientras se pierden, cada uno a su manera, en su taza de chocolate.