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Ciudad de Quetzaltenango | Texto: Juan Diego Godoy / Audiovisuales: José Alvizures y Pavel Tuc / Montaje: Irasema Méndez



Jorge Mario Bonifaz no concibe su vida sin el hotel. Nació, creció y envejeció en el frenesí de uno de los hoteles más populares, icónicos y antiguos de la ciudad de Quetzaltenango. Pasillos largos con habitaciones de las que salían y entraban perfectos desconocidos, lugares comunes siempre bien ordenados, meseros y mucamas, maletas pesadas y equipajes ligeros. Esos son los primeros recuerdos de don Jorge. Fundada en 1935, la Pensión Bonifaz y don Jorge no solo comparten apellido; comparten una vida entera. “Han sido 87 años juntos, para ser precisos”, indica don Jorge, sentado en una de las salas de huéspedes del hotel.

Viste un traje de sastre impecable, sin ninguna arruga, porque las únicas arrugas son aquellas que se dibujan en su frente. En febrero ajustó los 88 años y hasta hace poco –prefiere no recordar la fecha exacta– entregó las riendas del hotel a la siguiente generación de Bonifaz. “Ahora se podría decir que estoy retirado”, señala sin sonar muy convencido. El personal del hotel sonríe ante esa afirmación y niega con gracia. A don Jorge se le ve merodeando casi siempre por los pasillos del hotel, asegurándose que todo está en orden. Pasea por el restaurante y charla con los meseros, visita las áreas comunes y da órdenes. “Es parte del hotel, no hay Pensión Bonifaz sin él”, aseguran sus empleados.


¿Qué fue antes, don Jorge o la Pensión? Antes de responder, se pasa unos dedos sobre un bigote blanco y bien poblado. “Yo diría que, como el huevo y la gallina, no se sabe”, responde con picardía. “Yo tenía apenas un año cuando mi mamá puso en marcha la pensión”.

Silvia Lagrange era una mujer de negocios. Con ocho hijos que alimentar y un esposo que trabajaba todo el día para ajustar las cuentas de una familia numerosa y pobre, puso manos a la obra y decidió hacer uso de dos habitaciones en su casa para alquilarlas a viajeros cansados. Así comenzó la pensión. “Fueron mi mamá y mis hermanas las que comenzaron este negocio, porque mi papá trabajaba en una empresa llamada “La Sevillana”, propiedad de don Severo Martínez, el papá del historiador”, recuerda don Jorge. Poco a poco, Lagrange fue comprando hábilmente propiedades dentro de la manzana en donde se encontraba la pensión. Propiedades que iban llegando a sus manos por diversas cuestiones. “Una de ellas, el que ahora es el salón de eventos, era propiedad de unos alemanes que con el estallido de la Segunda Guerra Mundial se fueron y lo dejaron todo. La propiedad pasó a ser parte de la Municipalidad y mi mamá empezó a alquilarla para poder expandir el hotel”, cuenta don Jorge.


Esa primera expansión hizo que el lugar pasara de ser una pequeña pensión con dos habitaciones a un pequeño hotel de 15 habitaciones. Y de esa compra, don Jorge recuerda una anécdota que le hace mucha gracia. “Imagínese, cuando mi papá se enteró que mi mamá había alquilado esa casa le preguntó: ¿Cuánto cuesta el alquiler? Ella le dijo que costaba 25 quetzales. ¡Pero si eso es lo que yo gano al mes!, le replicó mi papá. Y entonces ella le dijo, muy a su manera: Pues ya está hecho, así que ahora tendremos que ganar más. Así era mi mamá, aguerrida”.

Y es que Silvia Lagrange ya había enfrentado muchos obstáculos en la vida como para no poder sacar adelante un hotel y una familia numerosa. Primero, Lagrange se casó con un hombre de apellido Sarti con quien tuvo los primeros cuatro hijos: los dos hombres mayores y las únicas dos mujeres. Enviudó y luego se casó con don Guillermo Bonifaz con quien tuvo otros cuatro hijos, siendo don Jorge el más pequeño de esa “segunda tanda”, como le llama él. “Y luego, a mi mamá le dio un derrame que la dejó paralizada de un lado del cuerpo, pero aun así siguió trabajando y sacando adelante a su familia y su negocio”, subraya don Jorge.



Una pensión que no es pensión

En los años 50, el hotel comenzó a florecer. “Tanto que mi papá renunció a su trabajo al cabo de los años y se dedicó al hotel”, añade don Jorge. Con don Guillermo abordo, la familia compró poco a poco más propiedades de la manzana y con los años cuadruplicó la cantidad de habitaciones que tenía. Pasó de ser una humilde pensión al hotel de referencia de Quetzaltenango.

El crecimiento de la pensión coincidió con el regreso de don Jorge a Guatemala. Había vivido en México por 8 años y retornó en 1959 para trabajar en el hotel. “Empecé como asistente de mi hermano, que se encargaba del personal y gestión del hotel y en 1978, tras la muerte de mis padres, asumí las rendas como gerente general”, recuerda don Jorge. Y es que de los ocho hermanos, solo queda él, el más pequeño. “Mis hermanos mayores, los Sarti, todos se fueron a vivir a México. Mis hermanas se casaron y se dedicaron a los negocios de sus esposos. Mi otro hermano Bonifaz hizo su vida en antigua, donde también se dedicó a la hotelería. Así que solo yo me dediqué a este hotel y solo yo sigo con vida”.



“Pero se preguntarán por qué le seguimos llamando pensión cuando esto es un hotel”, sugiere don Jorge, divertido. “Simplemente, porque así fue como comenzó, como una casa de huéspedes de dos habitaciones y eso nos obliga a recordar nuestros orígenes hasta llegar a ser un ícono de Quetzaltenango”.



Y los íconos no mueren fácil. A pesar de la historia, la Pensión Bonifaz se ha mantenido contra viento y marea. “El área de turismo fue muy afectada por la pandemia. Me atrevería a decir que por más terremotos (como el de 1976) que ha habido, guerras (como la Guerra Civil), golpes de Estado (desde el de Armas hasta el autogolpe de Serrano) y crisis políticas (como la más reciente, tras la caída de Pérez Molina) que yo viví, lo más difícil ha sido el covid-19. Esta pandemia nos ha golpeado más que todo eso”, reconoce don Jorge.