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Quetzaltenango | Texto: Juan Diego Godoy / Audiovisuales: José Alvizures y Pavel Tuc / Montaje: Irasema Méndez



El pequeño bus que recorre el Centro Histórico de la ciudad de Xela contando historias de terror y relatos históricos a decenas de turistas, no existiría de no ser por la profesora de historia Blanca Ríos, que hace ocho años dejó las aulas para recorrer las calles y espantar a los curiosos. “Me jubilé joven, a los 48 años, y entonces viajé al otro lado del mundo. En Turquía me encontré con un recorrido de relatos de terror de la ciudad y me puse a pensar que en la mía (su ciudad) había muchas historias que se podían contar con ese modelo. Regresé y decidí invertir mi tiempo libre en contarle a la gente todos aquellos relatos que la historia no incluye en sus páginas, como las leyendas”, explica la maestra, un viernes por la noche después de una larga jornada de trabajo a bordo del Tranvía de los Altos, el nombre que le ha puesto a su bus.

Ríos es narradora de leyendas y lleva ocho años recorriendo las avenidas, calles y callejones de su ciudad, a bordo del Tranvía, con micrófono en mano y orejas atentas. Se le conoce en la Ciudad de la Luna como una de las narradoras de leyendas más respetadas y populares del departamento. Es una enciclopedia viviente con todos los relatos de espantos que han surgido, y que surgirán, en Quetzaltenango. “Debemos sentirnos orgullosos de nuestra iniciativa, de nuestras creaciones y las leyendas de terror son un orgullo patrio. Pero yo soy temerosa, aunque usted no lo crea”, advierte Ríos entre risas.


Tierra de duendes

De acuerdo con Ríos, Quetzaltenango es tierra de duendes. “Son los dueños de las casas grandes, habitan en los caserones viejos, dentro de las habitaciones antiguas y cuando ven que se utiliza su espacio, protestan. Tiran de las manos y de los pies, soplan en la nuca, esconden las pertenencias”, explica la maestra, pero luego aclara que no son seres malvados. “Yo les platico y siempre le aconsejo a todos que les digan que nosotros en este mundo solo estamos de paso, por lo que ellos son dueños de todo, nosotros solo tomamos los espacios y las cosas prestadas. Así es como ellos respetan nuestro espacio y podemos convivir en paz”, recalca.

Entre las numerosas historias de duendes, la más famosa es la del Cerro El Baúl y el duende que habita en la montaña. Los locales lo conocen como Juan Noj y cuentan que hace varios años (no se sabe cuántos, como toda buena leyenda de tradición oral) en el Barrio de San Bartolomé vivía un hombre que trabajaba mucho, pero cuyo negocio no prosperaba. Cansado y sin fortuna, decidió ir al cerro a probar suerte con el duende. “A él se le llama tres veces: Juan Joj, Juan Noj, Juan Noj”, explica Ríos. El hombre se encontró con Noj, le pidió riquezas y las obtuvo. De hecho, según la leyenda, el señor llegó a tener tanto dinero y tantos tesoros que ya no tenía donde guardarlos y decidió enterrarlos en el cerro, bajo el cuidado del duende cuyo encargo era vigilar el tesoro y cambiarlo de lugar por si alguien osaba robarlo. Cuando el señor murió, se reveló el secreto de su fortuna enterrada y el pueblo comenzó a subir al cerro con palas y piochas, para desenterrarlo. Pero la búsqueda fue un fracaso. “El duende hizo su tarea y ocultó el tesoro durante años. Pero tal era la fiebre de los quetzaltecos por encontrar el oro que la Municipalidad tuvo que actuar y poner un alto, pues estaban destruyendo el cerro”.

En 1955, el cerro fue declarado área protegida y se fundó allí un parque natural. “Y se llama El Baúl precisamente por eso, porque el tesoro de Juan Noj yace oculto allí, en un baúl, bajo el resguardo de un duende”, aclara Ríos. El nombre del cerro también tiene una explicación lingüística “Baúl” es una castellanización de "Ba Ul", que significa "Montículo de Tuza" en quiché y hace relación al “montón de tierra” que hace un roedor al abrir un túnel bajo la tierra.



Una experiencia paranormal

Además del Tranvía de los Altos y de ser una de las guardianas de las leyendas quetzaltecas, a Ríos se le conoce por haber sido la dueña del famoso “Choco Bar”, un lugar al que casi nadie iba por su chocolate, sino por sus espíritus. De hecho el lugar fue bautizado como “Casa de los Espíritus”.

“Cuando yo alquilé esa casa, nadie me dijo lo que pasaba. Los vecinos, cuando ya estaba instalado me dijeron que ahí espantaban. Incluso los vecinos apostaron que no durábamos ni tres meses ahí”. Poco a poco, Ríos se fue enterando de las múltiples historias que contaban de aquella casa. “Unos decían que era un portal de espíritus por donde salían y entraban buenos y malos, otros que estaba simplemente embrujada. Así que, con todos los relatos, yo fui armando la verdadera historia de la casa”.


Según la versión de la nueva propietaria, una familia pudiente de apellido Salazar había vivido en ese lugar. El matrimonio tenía seis hijos y repartió el terreno en cinco pedazos. El más pequeño de los hijos, José Salazar, vivió en esa casa. “Cuentan que todas las noches, el joven se ponía a fumar por la ventana y miraba a una señorita que lo llamaba, pero cuando salía tras ella, se esfumaba. El joven se enamoró de ella y comprendió que se trataba de un fantasma”, cuenta Ríos. El final de la historia es trágico. Según la leyenda, pudo más el amor y el joven decidió que solo muerto podría estar ella y se quitó la vida. “Se ahorcó en su habitación y desde ese momento, molesta en la casa, buscando a su enamorada fantasma”.


Ríos montó el bar y restaurante y decidió utilizar la leyenda a su favor. Comenzó a vender una experiencia paranormal a los visitantes. Y fue todo un éxito. “A los grupos que llegaban, los subía a la habitación del joven Salazar y allí les contaba la historia”, cuenta Ríos. Un día llegó una sacerdotisa maya a visitar la casa y le advirtió a la propietaria que las señoritas de cabello largo y liso no debían subir a la habitación, porque el fantasma se enamoraba de ellas. “Así me dijo, y yo le hice caso”.

Contrario a lo que muchos creen, Ríos no vivía en la casa. Solamente la alquilaba para su negocio. “Era imposible vivir allí. Demasiadas energías, demasiado movimiento. El secreto de por qué aguanté ocho años ahí fue simplemente porque yo no vivía en el lugar”. Hace dos años, antes de iniciar la pandemia, el dueño del local decidió que no se lo rentaría más a Ríos y tuvieron que cerrar. “Curioso, porque desde que nosotros nos fuimos, los dueños no han logrado alquilar el lugar y permanece abandonado”, señala Ríos y se encoge en hombros. “Nadie quiere alquilarlo, obviamente”, recalca entre risas nerviosas.


Cae la noche cuando termina con la entrevista. La narradora de leyendas contempla la luz de la luna desde la ventana de la sala y sonríe. “Los seres humanos nos inclinamos por esos relatos sombríos. De niños a ancianos, a todos nos interesa esa parte de la historia que no logramos ver. Los fantasmas, los sucesos sin explicaciones explícitas”. Y luego hace una confesión. Asegura que a pesar de que ha vivido muchos eventos paranormales, como lo sucedido en el Choco Bar, es escéptica. “Vivo de contar leyendas, pero yo no soy muy creyente y sigo en búsqueda de respuestas racionales a todas estas interrogantes paranormales”.