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Quetzaltenango | Por: Juan Diego Godoy

Dicen que Quetzaltenango vive de contar y de contar viviendo. La frase se comprueba al conocer a un quetzalteco o al perderse por el pequeño Salcajá, la majestuosa Xela o la verde Almolonga. Se cuentan cosas entre xecas, chocolate caliente, café negro y frío. La neblina abraza los relatos y los transporta, como teléfono descompuesto, a otro municipio, en donde se vuelve a contar la misma historia pero con diversos matices. También cantan Luna de Xelajú, pero no se ponen de acuerdo en quiénes son los autores de sus himnos y rezan en templos con más historia que arte, aunque a veces, además de a los santos, también le piden favores a espíritus y fantasmas que merodean el Cementerio General, como el de Vanushka.

Los de los Altos son cronistas de su ciudad, cronistas de un sueño –a veces independentista– y cronistas de sus propios mitos. Así, cuentan que en la Casa No’j se pasea una silueta elegante de Estrada Cabrera y que Cirilo Flores, primer presidente del Estado de los Altos, lo hace en los corredores del Palacio de la Gobernación. En el barrio de la Democracia aún se escucha la descarga de fusilería contra quienes defendieron, en tiempos de Carrera, el sueño fracasado del Estado de los Altos. Y además de la pólvora, también se escuchan los silbidos; esos de la calle de los Copantes, bajo el puente de los Chocoyos, provenientes de un tren fantasma, el Ferrocarril de los Altos. Para quién tiene buen oído, en los Llanos de Urbina también se escucha el último respiro de Tecún Umán, antes de fallecer en los brazos de Tonathiu.

Cada calle, cada edificio y cada barrio tiene su historia, su polémica y su espanto. Aunque el más inmortal y menos temeroso de todos sea Don Chebo –tan quetzalteco como el chocolate de los Chávez, el Juan Noj de El Baúl y la Pensión Bonifaz– todos son patrimonio de un departamento que se sabe importante.